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Además
de las fábricas, los cuarteles, los pueblos, el frente
y los soviets, la revolución tenía otro laboratorio:
la cabeza de Lenin. Obligado a vivir en la clandestinidad,
se vio forzado durante ciento once días, del 6 de julio
hasta el 25 de octubre, a restringir sus entrevistas, aun
con miembros del Comité central. Sin comunicación
directa con las masas, sin contacto con las organizaciones,
concentra aún más resueltamente su pensamiento
sobre los problemas cruciales de la revolución, elevándolos
-lo cual era en él a la vez una necesidad y una norma-
a la categoría de los problemas fundamentales del marxismo.
El argumento principal de los demócratas, incluidos
los que se situaban más a la izquierda, contra la toma
del poder, consistía en que los trabajadores serían
incapaces de hacer funcionar el aparato del Estado. También
eran ésos, en el fondo, los temores que abrigaban los
elementos oportunistas en el interior mismo del bolchevismo.
"¡El aparato del Estado!" Todo pequeño
burgués ha sido educado en la sumisión ante
ese principio místico que se levanta por encima de
los hombres y las clases. El filisteo cultivado guarda en
su piel el temblor que estremeció a su padre o a su
abuelo, tendero o campesino acaudalado, ante las omnipotentes
instituciones en donde se deciden los problemas de la guerra
y la paz, se expiden las patentes comerciales, se lanzan las
plagas de las contribuciones, se castiga pero pocas veces
se gracia, se legitiman los matrimonios y nacimientos, y en
donde la misma muerte debe hacer cola respetuosamente antes
de ser reconocida. ¡El aparato de Estado! Quitándose
el sombrero, descalzándose incluso, el pequeño
burgués penetra con las puntas de sus pies en el santuario
del ídolo -llámese Kerenski, Laval, MacDonald
o Hilferding- cuando su suerte personal o la fuerza de las
circunstancias hacen de él un ministro. No puede justificar
esta prerrogativa más que sometiéndose humildemente
al "aparato del Estado". Los intelectuales rusos
radicales que ni en épocas de revolución osaban
adherir al poder si no eran respaldados por los propietarios
nobles y de los dueños del capital, miraban con espanto
e indignación a los bolcheviques: ¡esos agitadores
callejeros, esos demagogos que piensan apoderarse del aparato
estatal!
Después que los soviets, pese a la cobardía
y a la impotencia de la democracia oficial, hubiesen salvado
a la revolución frente a Kornílov, Lenin escribió:
"Que aprendan los hombres de poca fe con este ejemplo.
Que se avergüencen los que dicen: "No tenemos ningún
aparato para reemplazar al antiguo, que inevitablemente tiende
a la defensa de la burguesía." Pues ese aparato
existe. Son los soviets. No temáis la iniciativa ni
la espontaneidad de las masas, confiad en las organizaciones
revolucionarias de las masas, y veréis manifestarse
en todos los dominios de la vida del Estado, esa misma fuerza,
esa misma grandeza, la invencibilidad de los obreros y campesinos
que han manifestado con su unión y su entusiasmo contra
el movimiento de Kornílov."
En los primeros meses de su vida subterránea, Lenin
escribe su libro El Estado y la revolución, cuya documentación
había recopilado ya en la emigración durante
la guerra. Con la misma atención que dedicaba para
reflexionar sobre las tareas prácticas diarias, ahora
elabora los problemas teóricos del Estado. No podía
ser de otro modo: para él la teoría es efectivamente
un guía para la acción. Lenin no se propone
en ningún momento introducir palabras nuevas en la
teoría. Al contrario, da a su obra un carácter
extremadamente modesto, subrayando su calidad de discípulo.
Su tarea en la reconstitución de la verdadera ¡doctrina
del marxismo sobre el Estado!
Por la minuciosa selección de citas y por su detallada
interpretación polémica, el libro puede parecer
pedante... a los auténticos pedantes, incapaces de
percibir, en el análisis de los textos, los potentes
latidos del pensamiento y de la voluntad. Por el simple hecho
de reconstruir la teoría de clase del Estado sobre
una nueva base, superior históricamente, Lenin da a
las ideas de Marx un nuevo carácter concreto y, por
tanto, una nueva significación. Pero la importancia
mayor de la obra sobre el Estado consiste en que es una introducción
científica a la insurrección más grande
que haya conocido la historia. El "comentarista"
de Marx preparaba a su partido para la conquista revolucionaria
de la sexta parte del mundo.
Si el Estado pudiera simplemente ser adaptado a las necesidades
de un nuevo régimen, no habría revoluciones.
Pero la burguesía misma ha logrado siempre el poder
por medio de insurrecciones. Ahora llega el turno a los obreros.
También en esta cuestión, Lenin restituía
al marxismo su significado de instrumento teórico de
la revolución proletaria.
¿No podrán servirse los obreros del aparato
del Estado? Pero no se trata en absoluto -enseña Lenin-
de apoderarse de la vieja máquina para las nuevas tareas:
eso es una utopía reaccionaria. La selección
de los hombres en el viejo aparato, su educación, sus
relaciones recíprocas, todo esto contradice las tareas
históricas del proletariado. Al conquistar el poder,
no se trata de reeducar el viejo aparato, sino de demolerlo
completamente. ¿Con qué reemplazarlo? Con los
soviets. Dirigiendo a las masas revolucionarias, de órganos
de la insurrección se convertirán en los órganos
de un nuevo régimen estatal.
El libro tuvo pocos lectores en el torbellino de la revolución;
además, sólo será editado después
de la insurrección. Lenin estudia el problema del Estado,
en primer término, para elaborar su propia convicción
íntima y, seguidamente, para el futuro. La conservación
de la herencia ideológica era una de sus preocupaciones
principales. En julio escribe a Kámenev: "Entre
nosotros, si me cepillan, le ruego publique mi cuaderno El
marxismo y el Estado (que ha quedado en vía muerta
en Estocolmo). Es una carpeta azul atada. He recogido todas
las citas de Marx y Engels, así como las de Kautsky
contra Pannekoek. Hay bastantes notas y observaciones a que
dar forma. Creo que con ocho días de trabajo se podría
publicar. Pienso que es importante, pues Plejánov y
Kautsky no han sido los únicos en embrollar la cuestión.
Una condición: todo esto absolutamente entre nosotros."
El jefe de la revolución, acusado de ser agente de
un Estado enemigo, obligado a prever la posibilidad de un
atentado por parte de sus adversarios, se ocupa de la publicación
de un cuaderno "azul", con citas de Marx y Engels:
ése es su testamento secreto. La expresión familiar
"si me cepillan" le sirve para eludir el patetismo
por el cual sentía horror: en el fondo, el encargo
tenía un carácter patético.
Pero, mientras aguardaba recibir un golpe por la espalda.
Lenin se preparaba a dar uno a pecho descubierto. Mientras
que, leyendo los periódicos, enviando instrucciones,
ponía en orden el precioso cuaderno recibido de Estocolmo,
la vida continuaba su curso. Se acercaba la hora en que el
problema del Estado debía ser resuelto prácticamente.
Poco después del derrocamiento de la monarquía,
Lenin escribía desde Suiza "...No somos blanquistas
ni partidarios de la toma del poder por una minoría..."
Desarrolló la misma idea al llegar a Rusia : "Actualmente
estamos en minoría; las masas, por el momento, no tienen
confianza en nosotros. Sabemos esperar... Pasarán a
nuestro lado y, cuando la relación de fuerzas nos lo
señale, diremos entonces: nuestro momento ha llegado."
El problema de la conquista del poder exigía en estos
primeros meses la conquista de la mayoría en los soviets.
Después del aplastamiento de julio, Lenin proclamó:
el poder sólo puede ser conquistado por medio de una
insurrección armada; y por ello, es muy posible que
haya que apoyarse no en los soviets, desmoralizados por los
conciliadores, sino en los comités de fábrica;
los soviets, en tanto que órganos de poder, habrán
de ser reconstruidos después de la victoria. En realidad,
dos meses más tarde, los bolcheviques arrancarán
los soviets a los conciliadores. La naturaleza del error de
Lenin en esta cuestión es muy característica
de su genio estratégico: en sus planes más audaces,
tiene en cuenta las premisas menos favorables. Así
como, al dirigirse en abril a Rusia pasando por Alemania,
contaba con la posibilidad de ir directamente de la estación
a la cárcel, también el 5 de julio decía:
"Quizás nos fusilen a todos." Y ahora pensaba:
los conciliadores no nos dejarán conquistar la mayoría
en los soviets.
"No hay nadie más pusilámine que yo cuando
elaboro un plan de guerra, escribía Napoleón
al general Berthier; yo mismo exagero todos los peligros y
catástrofes posibles... Pero cuando tomo una decisión,
olvido todo excepto lo que puede conducir a la victoria."
Si prescindimos de cierta pose que se trasluce en la palabra
poco adecuada de "pusilánime", el fondo del
pensamiento puede aplicarse enteramente a Lenin. Resolviendo
un problema de estrategia, dotaba por anticipado al enemigo
de su propia resolución y perspicacia. Los errores
tácticos de Lenin solían ser con frecuencia
los productos secundarios de su fuerza estratégica.
En el caso presente, no puede hablarse de un error: cuando
un diagnóstico localiza una enfermedad por medio de
eliminaciones sucesivas, sus conjeturas hipotéticas,
aun las peores, no aparecen como errores, sino como un método
de análisis.
Cuando los bolcheviques fueron mayoría en los soviets
de las dos-capitales, Lenin dijo: "Nuestro momento ha
llegado." En abril y en junio se esforzaba por moderar;
en agosto preparaba teóricamente la nueva etapa; a
partir de mediados de septiembre, empuja, urge con todas sus
fuerzas. Ahora el peligro no consiste en ir demasiado a prisa,
sino en quedarse atrás. "Ya nada es prematuro
en este sentido."
En los artículos y cartas enviados al Comité
central, Lenin analiza la situación poniendo siempre
en primer plano las condiciones internacionales. Los síntomas
y los indicios del despertar del proletariado europeo son
para él, en el trasfondo de los acontecimientos bélicos,
una prueba indiscutible de que la amenaza directa a la revolución
rusa por parte del imperialismo extranjero se reducirá
cada vez más. Las detenciones de socialistas en Italia
y particularmente el motín en la flota alemana le obligan
a proclamar un formidable cambio histórico en el mundo
entero: "Estamos en el umbral de una revolución
proletaria mundial."
La historiografía de los epígonos prefiere silenciar
el punto de partida adoptado por Lenin: porque el cálculo
de Lenin parece desmentido por los acontecimientos y también
porque, según las teorías que después
llegaron, la revolución rusa debe triunfar por sí
misma en todas las circunstancias. Pero el juicio de Lenin
sobre la situación internacional no tenía nada
de ilusorio. Los síntomas que a él llegaban
por el filtro de la censura militar de todos los países
manifestaban efectivamente la llegada de la tempestad revolucionaria.
En los imperios de Europa central, un año después,
el viejo edificio se vio sacudido hasta en sus cimientos.
Pero, incluso en los países vencedores, en Inglaterra
y en Francia, sin hablar de Italia, las clases dirigentes
se vieron privadas durante mucho tiempo de su libertad de
acción. Contra una Europa capitalista, sólida,
conservadora, segura de sí misma, la revolución
proletaria en Rusia, aislada y sin tiempo para consolidarse,
no habría podido sostenerse ni siquiera unos pocos
meses. Pero aquella Europa no existía ya. La revolución
en Occidente, es cierto, no dio el poder a los trabajadores
-los reformistas salvaron al régimen burgués-
pero fue sin embargo lo suficientemente fuerte como para proteger
a la república soviética en el primer periodo,
el más peligroso, de su existencia.
El profundo internacionalismo de Lenin no sólo se expresaba
en que ponía invariablemente en primer plano el análisis
de la situación internacional: la conquista misma del
poder en Rusia era considerada por él, ante todo, como
un impulso a la revolución europea que, como dijo repetidas
veces, ha de tener una importancia incomparablemente mayor
para el destino de la humanidad, que la revolución
en la atrasada Rusia. ¡Con qué sarcasmos abruma
a aquellos bolcheviques que no comprenden su deber de internacionalista!
"Votemos una resolución de apoyo a los insurrectos
alemanes -se burla- y rechacemos la insurrección en
Rusia. ¡Eso sí que se llama un internacionalismo
razonable!"
Durante las jornadas de la Conferencia democrática,
Lenin escribe al Comité central: "Obtenida la
mayoría en los soviets de las dos capitales... los
bolcheviques pueden y deben tomar en sus manos el poder del
Estado..." El que la mayoría de los delegados
campesinos en la Conferencia democrática amañada
votaran contra la coalición con los kadetes tenía
a sus ojos una importancia decisiva: el mujik que rechaza
la alianza con la burguesía tendrá que apoyar
inevitablemente a los bolcheviques. "El pueblo está
cansado de la tergiversaciones de los mencheviques y socialistas
revolucionarios. Sólo nuestra victoria en las capitales
arrastrará a los campesinos detrás de nosotros."
¿Cuál es la tarea del partido? "Poner al
orden del día la insurrección armada en Petrogrado
y en Moscú, la conquista del poder, el derrocamiento
del gobierno..." Nadie hasta entonces había planteado
tan imperiosa y abiertamente el problema de la insurrección.
Lenin compulsa atentamente todas las elecciones que se celebran
en el país, reuniendo cuidadosamente las cifras que
puedan arrojar alguna luz sobre la verdadera relación
de fuerzas. Miraba con desprecio la indiferencia semianárquica
con respecto a la estadística electoral. Pero nunca
identificaba los índices del parlamentarismo con la
verdadera relación de fuerzas: trataba siempre de corregirlos
en función de la acción directa. "...La
fuerza del proletariado revolucionario, desde el punto de
vista de su acción sobre las masas y de su capacidad
para arrastrarlas a la lucha -recuerda- es infinitamente mayor
en una lucha extraparlamentaria que en una lucha parlamentaria.
Es una observación muy importante en la cuestión
de la guerra civil."
Lenin fue el primero en advertir con claridad que el movimiento
agrario había entrado en una fase decisiva y en seguida
extrajo de ello todas las deducciones. El mujik no quiere
esperar más, igual que el soldado. "Ante un hecho
como la sublevación de los campesinos -escribe Lenin
a finales de septiembre- los restantes síntomas políticos,
aun si contrajeran esa madurez de la crisis general de la
nación, carecerían absolutamente de importancia."
La cuestión agraria es la base misma de la revolución.
La victoria del gobierno sobre el levantamiento campesino
sería "el entierro de la revolución..."
No se pueden esperar condiciones más favorables. Es
la hora de la acción. "La crisis ha madurado.
Todo el porvenir de la revolución rusa está
en juego. Todo el porvenir de la revolución obrera
internacional por el socialismo está en juego. La crisis
ha madurado."
Lenin llama a la insurrección. En cada línea
simple, prosaica y a veces angulosa, resuena el apasionamiento
más impetuoso. "La revolución está
perdida -escribe a primeros de octubre a la Conferencia del
partido, en Petrogrado- si el gobierno de Kerenski no es derrocado
por los proletarios y los soldados lo más pronto posible...
Hay que movilizar todas las fuerzas para inculcar a los obreros
y soldados la idea de la absoluta necesidad de una lucha desesperada,
última, decisiva, para derrocar al gobierno de Kerenski."
Más de una vez Lenin había dicho que las masas
están más a la izquierda que el partido. Sabía
que el partido está más a la izquierda que su
núcleo dirigente, la capa de los "viejos bolcheviques".
Imaginaba demasiado bien las agrupaciones y las tendencias
dentro del Comité central como para poder esperar un
paso audaz de su parte; advertía, en cambio, su excesiva
circunspección, su espíritu contemporizador,
su negligencia ante una situación histórica
que ha sido preparada durante varios decenios. Lenin no confía
en el Comité central... sin Lenin: ése es el
secreto de sus cartas escritas desde el fondo de su retiro
clandestino. Y no se equivocaba en esta desconfianza.
Obligado casi siempre a pronunciarse después de una
decisión ya adoptada en Petrogrado, Lenin hace invariablemente
una crítica de izquierda a la política del Comité
central. Su oposición se desarrolla en torno al problema
de la insurrección, pero no se limita a esto. Lenin
considera que el Comité central concede demasiada atención
al Comité ejecutivo conciliador, a la Conferencia democrática;
en general, al tejemaneje parlamentario en las altas esferas
soviéticas. Se pronuncia vehementemente contra los
bolcheviques que proponen al Soviet de Petrogrado un secretariado
de coalición. Estigmatiza como "deshonrosa"
la decisión de participar en el preparlamento. Se siente
indignado cuando se publica a finales de septiembre la lista
de los candidatos bolcheviques a la Asamblea constituyente:
demasiados intelectuales y muy pocos obreros. "Llenar
la Asamblea constituyente de oradores y literatos es marchar
por la senda trillada del oportunismo y del chauvinismo. Eso
es indigno de la III Internacional." Además, entre
los candidatos hay muchos miembros recientes del partido no
probados en la,, lucha. Lenin considera necesario formular
una reserva: "No cabe duda de que... nadie objetaría,
por ejemplo, una candidatura como la de L. D. Trotsky, pues,
en primer lugar, Trotsky, desde su llegada, ha defendido una
posición internacionalista; en segundo lugar, ha luchado
en la organización interdistritos por la fusión;
en tercer lugar, durante las difíciles jornadas de
julio se ha mostrado a la altura de las tareas y ha sido solidario
con los integrantes del partido del proletariado revolucionario.
Es evidente que no se puede decir lo mismo de una multitud
de miembros del partido inscritos ayer..."
Puede parecer como si las jornadas de Abril hubiesen vuelto:
Lenin se halla de nuevo en oposición al Comité
central. Las cuestiones se plantean de otro modo, pero el
espíritu general de su oposición es el mismo:
el Comité central es demasiado pasivo, cede demasiado
a la oposición pública de las esferas intelectuales,
concilia demasiado con los conciliadores; y, sobre todo, revela
excesiva indiferencia, propia de fatalistas, no de bolcheviques,
hacia el problema de la insurrección armada.
Es tiempo de pasar de las palabras a los actos: "Ahora
nuestro partido tiene en la Conferencia democrática
su propio congreso, y ese congreso ha de resolver (aunque
no lo quiera) la suerte de la revolución." No
puede haber más que una sola solución: la insurrección
armada. En esta primera carta sobre la insurrección,
Lenin formula aún una reserva: "No se trata del
"día" ni del "momento" de la insurrección,
en el sentido estricto de la palabra. Eso lo decidirá
el voto general de quienes están en contacto con los
obreros y soldados, con las masas." Pero dos o tres días
después (en aquel entonces no se solía fechar
las cartas, no por olvido sino por razones conspirativas),
Lenin, bajo la evidente impresión del fracaso de la
Conferencia democrática, insiste en que debe pasarse
inmediatamente a la acción y expone en seguida un plan
en este sentido.
"Debemos agrupar inmediatamente la fracción bolchevique
de la Conferencia, sin preocuparnos del número... Debemos
redactar una breve declaración de los bolcheviques...
Debemos lanzar a toda nuestra fracción hacia las fábricas
y los cuarteles... Al mismo tiempo, sin perder un minuto,
organicemos el Estado Mayor de los destacamentos de la insurrección,
disminuyamos las fuerzas, mandemos los regimientos fieles
contra los puntos más importantes, cerquemos la Alexandrinka
(el teatro donde se reunía la Conferencia democrática),
ocupemos la fortaleza de Pedro y Pablo, arrestemos al Estado
Mayor general y al gobierno, enviemos contra los junkers y
la división salvaje destacamentos dispuestos a morir
antes de que el enemigo se abra paso hacia el centro de la
ciudad. Hay que movilizar a los obreros armados, llamarlos
a una última batalla encarnizada, ocupar inmediatamente
los telégrafos y teléfonos, instalar nuestro
Estado Mayor de la insurrección en la Central telefónica,
ligarlo telefónicamente con todas las fábricas,
todos los regimientos y todos los puntos de la lucha armada,
etc. " Y no se hace depender el problema de la fecha
del "voto general de quienes están en contacto
con las masas". Lenin propone actuar inmediatamente:
salir con un ultimátum del teatro Alexandra para volver
allí a la cabeza de las masas armadas. Había
que dirigir el golpe mortal no solamente contra el gobierno
sino también, simultáneamente, contra el órgano
supremo de los conciliadores.
"...Lenin, que en sus cartas privadas exigía el
arresto de la Conferencia democrática -así lo
denuncia Sujánov-, proponía en la prensa, como
bien sabemos, un "compromiso": que los mencheviques
y socialistas revolucionarios tomasen todo el poder, y luego
se esperaría la decisión del Congreso de los
soviets... La misma idea era preconizada obstinadamente por
Trotsky en la Conferencia democrática y alrededor de
ella." Sujánov ve un doble juego, cuando ni sombra
de él había. Lenin proponía a los conciliadores
un compromiso inmediatamente después de la victoria
sobre Kornílov, en los primeros días de septiembre.
Los conciliadores se encogieron de hombros. Ellos mismos transformaron
la Conferencia democrática en cobertura de una nueva
coalición con los kadetes contra los bolcheviques,
con lo cual suprimían definitivamente toda posibilidad
de acuerdo. En adelante, la cuestión del poder sólo
podía resolverse mediante una lucha abierta. Sujánov
confunde dos fases, de las cuales la primera se adelanta quince
días a la segunda, y la condiciona desde el punto de
vista político.
Pero, aunque la insurrección era la consecuencia inevitable
de la nueva coalición, el rápido viraje de Lenin
cogió de improviso incluso a las altas esferas de su
propio partido. Agrupar, como pedía en su carta, a
la fracción bolchevique de la conferencia, aun "sin
tener en cuenta el número", era evidentemente
imposible. El ambiente en la fracción era tal que,
por sesenta votos contra cincuenta, rechazó el boicot
al preparlamento, es decir, el primer paso hacia la insurrección.
Tampoco en el Comité central encontró apoyo
alguno el plan de Lenin. Cuatro años más tarde,
en una velada dedicada a estos recuerdos, Bujarin, con la
exageración y las bromas que lo caracterizan, relató
el episodio con bastante exactitud en cuanto al fondo: "La
carta [de Lenin] estaba escrita con enorme violencia y nos
amenazaba con todo tipo de castigos (?). Quedamos suspensos.
Nadie había planteado la cuestión hasta entonces
tan violentamente... Al principio todos dudaban. Después
de consultarse, se decidió. Fue quizás el único
caso en la historia de nuestro partido en el que el Comité
central decidió por unanimidad quemar la carta de Lenin...
Sin duda pensábamos que en Petrogrado y en Moscú
podríamos tomar el poder, pero que en las provincias
no podríamos sostenernos todavía; que al tomar
el poder y expulsar a los miembros de la Conferencia democrática,
nos sería ya imposible consolidarnos en el resto de
Rusia." Provocada por determinadas razones de carácter
conspirativo, la incineración de varias copias de la
carta peligrosa no se decidió en realidad por unanimidad,
sino por seis votos contra cuatro y seis abstenciones. Por
suerte, un ejemplar fue conservado para la historia. Pero
lo que es cierto en el relato de Bujarin, es que todos los
miembros del Comité central, aunque por motivos diversos,
rechazaron la propuesta: unos se oponían a la insurrección
en general, otros pensaban que el momento en que se celebraba
la conferencia era el menos favorable de todos; otros, simplemente,
vacilaban y seguían a la expectativa.
Al encontrar una resistencia directa, Lenin inició
una especie de conspiración con Smilga, que se hallaba
también en Finlandia y que, como presidente del Comité
regional de los soviets, tenía en aquel momento una
autoridad real considerable. En 1917, Smilga estaba a la extrema
izquierda del partido y, ya desde julio, trataba de empujar
la lucha a su momento decisivo: en los diferentes cambios
políticos, Lenin encontraba siempre en quien apoyarse.
El 27 de septiembre, Lenin escribe a Smilga una extensa carta:
"...¿Qué hacemos nosotros? ¿Nos
contentamos con votar mociones? Perdemos el tiempo, fijamos
"fechas" (el 20 de octubre, el Congreso de los soviets.
¿No es ridículo aplazar así? ¿No
es ridículo confiar en esto?) Los bolcheviques no realizan
un trabajo sistemático preparando sus fuerzas militares
para derribar a Kerenski... Hay que trabajar dentro del partido
para que se afronte seriamente la insurrección armada...
Luego, en cuanto al papel que a usted le corresponde... crear
un comité clandestino, formado por los militares más
seguros, para analizar con ellos la situación en todos
sus aspectos, recoger (y verificar usted mismo) los informes
más precisos sobre la composición y emplazamiento
de las tropas finlandesas en Petrogrado y sus alrededores,
sobre los transportes de tropas finlandesas hacia Petrogrado,
sobre el movimiento de la flota, etc." Lenin exige "una
propaganda sistemática entre los cosacos que se encuentran
aquí, en Finlandia... Hay que estudiar todos los informes
sobre los acontecimientos de cosacos y organizar el envío
de destacamentos de agitadores seleccionados entre las mejores
fuerzas de marineros y soldados de Finlandia." Por último:
"Para preparar convenientemente los espíritus,
es necesario hacer circular inmediatamente esta consigna:
el poder debe pasar inmediatamente a manos del Soviet de Petrogrado,
que lo transmitirá al Congreso de los soviets. ¿Para
qué vamos a tolerar tres semanas más de guerra
y de preparativos kornilovianos de Kerenski?"
Tenemos aquí un nuevo plan de insurrección:
"un comité clandestino de los principales militares",
como Estado Mayor de combate, en Helsingfors; las tropas rusas
acantonadas en Finlandia como fuerzas de combate: "el
único recurso con el que podemos contar, creo, y que
tiene una verdadera importancia militar, son las tropas de
Finlandia del Báltico". Lenin proyecta, pues,
asentar desde fuera de Petrogrado el golpe más duro
contra el gobierno. Al mismo tiempo, es indispensable una
"preparación conveniente de los espíritus"
para que el derrocamiento ,del gobierno por las fuerzas armadas
de Finlandia no coja de improvisto al Soviet de Petrogrado:
éste tendrá que ser el heredero del poder hasta
el Congreso de los soviets.
Pero ni este plan ni el anterior fueron aplicados. Pero no
fueron inútiles. La agitación entre las divisiones
cosacas dio rápidamente sus frutos: se lo oímos
decir a Dibenko. También el llamamiento hecho a los
marinos del Báltico para participar en el golpe principal
contra el gobierno se incluyó al plan que fue adoptado
más tarde. Pero lo esencial no reside en eso: cuando
una cuestión llegaba a su máxima gravedad, Lenin
no dejaba que nadie pudiera eludirla o soslayarla. Lo que
era inoportuno como propuesta directa de táctica se
convertía en racional en cuanto que permitía
compulsar las actitudes en el Comité central, apoyar
a los resueltos contra los vacilantes y contribuir a un desplazamiento
hacia la izquierda.
Por todos los medios de que podía disponer en el aislamiento
de su retiro clandestino, Lenin se esforzaba por obligar a
los cuadros del partido a sentir la gravedad de la situación
y la fuerza de la presión de las masas. Hacía
venir a su refugio a ciertos bolcheviques, los sometía
a interrogatorios apasionados, controlaba las palabras y los
actos de los dirigentes, enviaba por medios indirectos sus
consignas al partido, abajo, en profundidad, a fin de forzar
al Comité central a actuar y a ir hasta las últimas
consecuencias.
Al día siguiente de escribir su carta a Smilga, Lenin
redactó el documento citado antes, La crisis está
madura, en el que terminaba con una especie de aclaración
de guerra al Comité central. "Es preciso... reconocer
la verdad: entre nosotros, en el Comité central y en
los medios dirigentes del partido, existe una tendencia u
opinión que propone esperar al Congreso de los soviets,
oponiéndose a la toma inmediata del poder, a la insurrección
inmediata." Hay que vencer esa tendencia cueste lo que
cueste. "Conseguir primero la victoria sobre Kerenski
y luego convocar el congreso." Perder el tiempo esperando
el Congreso de los soviets es "una completa idiotez o
una traición total..." Hasta el congreso, fijado
para el 20, quedan más de veinte días: "Unas
semanas e incluso unos días deciden de todo en estos
momentos". Aplazar el desenlace es renunciar cobardemente
a la insurrección, pues, durante el congreso, la toma
del poder se hará imposible: "Nos mandarán
los cosacos el día "fijado" de la manera
más tonta para la insurrección."
Sólo el tono de la carta prueba ya hasta qué
punto le parecía fatal a Lenin la política contemporizadora
de los dirigentes de Petrogrado. Pero esta vez no se limita
una crítica encarnizada y, como protesta, dimite del
Comité central. Motivos: el Comité central no
ha respondido, desde el comienzo de la conferencia, a sus
intimaciones sobre la toma del poder; la redacción
del órgano del partido (Stalin) publica intencionadamente
sus artículos con retraso, suprimiendo consideraciones
sobre "errores tan irritantes de los bolcheviques como
el muy vergonzoso de participar en el preparlamento",
etc. Lenin no considera posible encubrir esa política
ante el partido. "Me veo obligado a pedir mi salida del
Comité central, y así lo hago, y a reservarme
la libertad de agitación en la base del partido y en
el congreso del partido."
Según los documentos, no se ve cómo fue arreglado
más tarde ese asunto formalmente. En todo caso, Lenin
no salió del Comité central. Al presentar su
dimisión que, en su caso, no podía ser una simple
consecuencia de un momento de irritación, Lenin se
reservaba evidentemente la posibilidad de quedar libre, si
fuera necesario, de la disciplina interior del Comité
central: no dudaba de que, como en abril, un llamamiento directo
a la base le garantizaría la victoria. Pero una revuelta
abierta contra el Comité central suponía la
preparación de un congreso extraordinario y, por tanto,
exigía tiempo, que era precisamente lo que faltaba.
Sin hacer pública su carta de dimisión ni salirse
enteramente de los límites de la legalidad del partido,
Lenin sigue desarrollando la ofensiva dentro del partido-con
mayor libertad. No solamente envía a los comités
de Petrogrado y Moscú sus cartas al Comité central,
sino que también hace llegar copias a los militantes
más seguros de los barrios. A principios de octubre,
pasando ahora por encima del Comité central, Lenin
escribe directamente a los comités de Petrogrado y
Moscú: "Los bolcheviques no tienen derecho a esperar
el Congreso de los soviets, han de tomar el poder en seguida...
Tardar es un crimen. Esperar el Congreso de los soviets, es
un juego pueril de formalidades, es traicionar a la revolución."
Desde el punto de vista de las relaciones jerárquicas,
los actos de Lenin no eran del todo irreprochables. Pero se
trataba de algo más importante que de consideraciones
de disciplina formal.
Svejnikov, uno de los miembros del Comité del distrito
de Viborg, dice en sus Memorias: "Ilich escribía
y escribía infatigablemente desde su retiro y Nadeja
Konstantinovna (Krupskaya) nos leía a menudo estos
manuscritos al comité... Las palabras inflamadas del
jefe acrecentaban nuestra fuerza... Recuerdo como si fuera
hoy a Nadeja Konstantinovna, en una de las salas de la dirección
del distrito donde trabajaban las dactilógrafas, comparando
con cuidado la reproducción con el original y, a su
lado, "Diadia" y "Genia" pidiendo una
copia. " Diadia (el tío) y Genia (Eugenio) eran,
en la conspiración, los nombres de guerra de los dirigentes.
"No hace mucho -cuenta Naumov, un militante del distrito-
recibimos de Ilich una carta dirigida al Comité central...
Después de haberla leído, hemos quedado sorprendidos.
Resulta que Lenin está planteando desde hace tiempo
ante el Comité central el problema de la insurrección.
Hemos protestado y hemos empezado a presionar sobre el centro."
Era precisamente lo que hacía falta.
En los primeros días de octubre, Lenin pide a la Conferencia
del partido en Petrogrado que se pronuncie claramente a favor
de la insurrección. A iniciativa suya, la conferencia
"ruega con insistencia al Comité central que adopte
todas las medidas necesarias para dirigir la inevitable insurrección
de los obreros, soldados y campesinos." En esta frase
hay dos camuflajes, uno jurídico y otro diplomático:
se habla de dirigir la "inevitable insurrección"
y no de preparación directa de la insurrección,
para no dar así demasiadas bazas a los fiscales; la
Conferencia "ruega al Comité central", no
exige ni protesta: es un tributo evidente al prestigio de
la más alta institución del partido. Pero en
otra resolución, también redactada por Lenin,
se dice más claramente: "...En las esferas dirigentes
del partido existen fluctuaciones, como si se temiese luchar
por la toma del poder, tendiendo a sustituir esta lucha con
resoluciones, protestas y congresos." Esto es casi levantar
abiertamente al partido contra el Comité central. Lenin
no se decidía a la ligera a dar semejante paso. Pero
se trataba de la suerte de la revolución y todas las
demás consideraciones pasaban a segundo plano.
El 8 de octubre, Lenin se dirigió a los delegados bolcheviques
del Congreso regional del Norte: "No podemos esperar
al Congreso panruso de los soviets, que el Comité ejecutivo
central es capaz de aplazar hasta noviembre, no podemos dejarlo
para más tarde y permitir a Kerenski que traiga más
tropas kornilovianas." El Congreso regional, donde están
representados Finlandia, la flota y Reval, ha de tomar la
iniciativa de "un movimiento inmediato sobre Petrogrado".
El llamamiento a una insurrección inmediata se dirige
esta vez a los representantes de decenas de soviets. El llamamiento
viene de Lenin en persona: no hay decisiones del partido,
la más alta instancia del partido no se ha pronunciado
todavía.
Había que tener una gran confianza en el proletariado,
en el partido, pero una seria desconfianza en el Comité
central para plantear, independientemente de éste,
bajo una responsabilidad personal, desde el oscuro retiro,
la agitación por la insurrección armada, empleando
tan sólo unas simples hojas de papel de cartas llenas
de una escritura fina. ¿Cómo es posible que
Lenin, a quien hemos visto aislado en las altas esferas de
su propio partido a principios de abril, se encuentre de nuevo
aislado en septiembre y a principios de octubre? Eso no se
puede comprender si se da crédito a la estúpida
leyenda que representa la historia del bolchevismo como la
emanación pura y simple de una idea revolucionaria.
En realidad, el bolchevismo se desarrolló en un medio
social determinado, sometido a diversas presiones, entre ellas
la influencia del cerco de la pequeña burguesía
y del atraso cultural. Sólo a través de una
crisis interna, el partido se adapta a cada nueva situación.
Para comprender la ardua lucha en las altas esferas del bolchevismo
que precedió a Octubre, es preciso todavía echar
una mirada atrás en relación a los procesos
dentro del partido, de los que se ha tratado ya en el primer
tomo de esta obra. Hacer esto es más que nunca indispensable,
dado que, precisamente en estos momentos, la fracción
de Stalin hace esfuerzos inauditos, incluso a escala internacional,
para borrar de la historia todo recuerdo de cómo se
preparó y se llevó a cabo la insurrección
de Octubre.
Durante los años que precedieron a la guerra, los bolcheviques
se llamaban a sí mismos en la prensa "demócratas
consecuentes". Este seudónimo no había
sido elegido al azar. El bolchevismo, y sólo él,
tenía la audacia de plantear hasta el fin las consignas
de la democracia revolucionaría. Pero no iba más
adelante en el pronóstico de la revolución.
Ahora bien, la guerra, al ligar indisolublemente la democracia
burguesa con el imperialismo, demostró definitivamente
que el programa de la "democracia consecuente" sólo
podía ser realizado a través de una revolución
proletaria. Aquellos de entre los bolcheviques que no habían
sacado de la guerra estas conclusiones, tenían que
verse cogidos fatalmente de improviso por la revolución
y convertirse así en compañeros de viaje, de
izquierda, de la democracia burguesa.
Pero un estudio escrupuloso de los documentos que caracterizan
la vida del partido durante la guerra y en el comienzo de
la revolución, a pesar de sus enormes lagunas y no
casuales, y, a partir de 1932, a pesar de su carácter
tendencioso más acusado, muestra claramente el enorme
desplazamiento ideológico producido en la capa superior
de los bolcheviques durante la guerra, cuando la vida regular
del partido había cesado prácticamente. La causa
de este fenómeno es doble: ruptura con las masas, ruptura
con la emigración, es decir, sobre todo, con Lenin,
y, como resultado: caer en el aislamiento y el provincialismo.
Ni uno solo de los viejos bolcheviques en Rusia, todos ellos
abandonados a sí mismos, redactó documento alguno
que pueda ser considerado al menos como un jalón en
el camino de la II a la III Internacional. "Las cuestiones
de la paz, de la naturaleza de la revolución ascendente,
el papel del partido en el futuro gobierno provisional, etc.
-escribía hace unos años Antónov-Saratovski,
uno de los viejos miembros del partido- aparecían ante
nosotros de manera bastante confusa o bien no entraban en
absoluto dentro de nuestras reflexiones". Hasta ahora
no se ha publicado en Rusia una sola obra, una sola página
de cuaderno, una sola carta en la que Stalin, Molotov u otros
dirigentes actuales hubiesen formulado, aunque fuera de paso,
aun a escondidas, sus opiniones sobre las perspectivas de
la guerra y de la revolución. Esto no significa, por
supuesto, que "los viejos bolcheviques" nada hayan
escrito sobre esas cuestiones durante los años de guerra,
de hundimiento de la socialdemocracia y de preparación
de la revolución rusa; los acontecimientos exigían
muy imperiosamente una respuesta, y la prisión o la
deportación daban tiempo suficiente para las reflexiones
y la correspondencia. Pero, en todo lo que ha sido escrito
sobre estos temas, no se ha encontrado nada que pueda interpretarse,
ni siquiera abusivamente, como un avance hacia las ideas de
la revolución de Octubre. Baste mencionar que el Instituto
de Historia del partido no puede publicar una sola línea
salida de la pluma de Stalin entre 1914 y 1917, y se ve obligado
a disimular con cuidado los documentos más importantes
referentes a marzo de 1917. En las biografías políticas
oficiales de la mayoría de la capa actualmente dirigente,
los años de guerra están marcados como una página
en blanco. Esa es la simple verdad.
Uno de los últimos historiadores jóvenes, Baievski,
encargado especialmente de demostrar que los medios dirigentes
del partido se orientaban durante la guerra hacia la revolución
proletaria, a pesar de que su conciencia científica
se manifestó bastante elástica, no ha podido
ofrecer material alguno salvo esta pobre declaración:
"No se puede seguir el desarrollo de este proceso, pero
algunos documentos y recuerdos prueban sin lugar a dudas que
el pensamiento del partido instigaba subterráneamente
en el sentido de las tesis de abril de Lenin." ¡Como
si se tratara de búsquedas subterráneas y no
de apreciaciones científicas y de pronósticos
políticos!
La Pravda de Petrogrado intentó, a comienzos de la
revolución, adoptar una posición internacionalista,
sumamente contradictoria en realidad, pues no se salía
del marco de la democracia burguesa. Los bolcheviques autorizados
que volvían de la deportación dieron en seguida
al órgano central una dirección democrático-patriótica.
Kalinin, para rechazar las acusaciones de oportunismo de que
era objeto, recordó el 30 de mayo que había
que "tomar ejemplo de la Pravda. Al principio, la Pravda
llevaba una cierta política. Llegaron Stalin, Muránov
y Kámenev y orientaron en otro sentido el timón
de la Pravda".
¡Hay que decirlo claramente! -escribía, hace
unos años, Molotov-, el partido no tenía la
visión clara y la decisión que exigía
el momento revolucionario... La agitación, así
como todo el trabajo revolucionario del partido en su conjunto,
carecía de bases sólidas, pues el pensamiento
no había llegado aún a audaces deducciones sobre
la necesidad de una lucha directa sobre el socialismo y la
revolución socialista". "El viraje sólo
empezó durante el segundo mes de la revolución".
Desde la llegada de Lenin a Rusia, en abril de 1917 -testimonia
Molotov-, nuestro partido sintió pisar terreno sólido
bajo sus pies... Hasta ese momento, el partido tanteaba aún
débilmente y sin seguridad para encontrar su camino".
Las ideas de la revolución de Octubre no podían
ser descubiertas a priori ni en Siberia ni en Moscú,
ni siquiera en Petrogrado, sino solamente en la confluencia
de las rutas históricas mundiales. Los problemas de
la revolución burguesa retrasada debían ser
vinculados a las perspectivas del movimiento proletario mundial
con el fin de poder formular, en relación a Rusia,
un programa de dictadura del proletariado. Era necesario un
puesto de observación más elevado, un horizonte
no nacional, sino internacional, sin hablar de un armamento
más serio del que disponían los llamados "prácticos
rusos del partido".
El derrocamiento de la monarquía abría, a sus
ojos, la era de una Rusia republicana "libre", en
la cual se disponían, según el ejemplo de los
países occidentales, a iniciar la lucha por el socialismo.
Tres viejos bolcheviques, Ríkov, Skvortsov y Begman,
"por mandato de los socialdemócratas de la región
de Narim, liberados por la revolución", telegrafiaban
en marzo desde Tomsk: "Saludamos a la reaparecida Pravda,
que con tanto éxito ha preparado a los cuadros revolucionarios
para la conquista de la libertad política. Expresamos
la profunda convicción de que conseguirá agruparlos
en torno a su bandera para continuar la lucha en nombre de
la revolución nacional". De ese telegrama colectivo
se desprende toda una posición de conjunto: la separa
un abismo de las tesis de abril de Lenin. La insurrección
de febrero había transformado, de un solo golpe, al
grupo dirigente del partido, con Kámenev, Ríkov
y Stalin a la cabeza, en demócratas de defensa nacional,
y que evolucionaban hacia la derecha acercándose a
los mencheviques. Yaroslavski, futuro historiador del partido;
Ordjonikidze, el futuro jefe de la Comisión central
de control; Petrovski, el futuro presidente del Comité
ejecutivo central de Ucrania, publicaron en marzo, en estrecha
alianza con los mencheviques, en Yakutsk, la revista Socialdemócrata,
impregnada de reformismo patriótico y de liberalismo:
en los años que siguieron, esta publicación
fue cuidadosamente recogida y destruida.
"Hay que reconocer abiertamente -escribía Angarski,
uno de los integrantes de ese medio, cuando aún se
podían escribir cosas semejantes- que un número
considerable de viejos bolcheviques, hasta la conferencia
de abril del partido, sobre la cuestión del carácter
de la revolución de 1917 mantenían los viejos
puntos de vista bolcheviques de 1905 y que era bastante difícil
renunciar a esos puntos de vista, eliminarlos". Convendría
añadir que las ideas ya desfasadas de 1905 dejaban
de ser en 1917 "viejos puntos de vista bolcheviques"
y se transformaban en las ideas de un reformismo patriótico.
"Las tesis de Abril de Lenin -declara una publicación
histórica oficial- no triunfaron en el Comité
de Petrogrado. Sólo dos votos, contra tres y una abstención,
se pronunciaron en favor de esas tesis que abrían una
nueva época". "Las conclusiones de Lenin
parecían demasiado atrevidas, aun a sus discípulos
más entusiastas", escribe Podvoiski. Las declaraciones
de Lenin -según la opinión del Comité
de Petrogrado y de la Organización militar- "condujeron...
al aislamiento al partido de los bolcheviques, agravando con
ello enormemente la situación del proletariado y del
partido".
Stalin, a finales de marzo se pronunciaba por la defensa nacional,
por el apoyo condicionado al gobierno provisional, por el
manifiesto pacifista de Sujánov, por una fusión
con el partido de Tsereteli. "Compartí esa posición
errónea -escribía el mismo Stalin, retrospectivamente,
en 1924- con otros camaradas del partido y no renuncié
a ella enteramente más que a mediados de abril, adhiriendo
a las tesis de Lenin. Era necesaria una nueva orientación.
Lenin se la dio al partido con sus célebres tesis de
abril..."
Aun a finales de abril, Kalinin propugnaba todavía
un bloque electoral con los mencheviques. En la Conferencia
del partido, Lenin decía: "Me opongo resueltamente
a Kalinin, pues un bloque con... los chovinistas es algo inconcebible...
Es traicionar al socialismo". La actitud de Kalinin no
era una excepción, ni siquiera en Petrogrado. En la
conferencia se decía: "El ambiente asfixiante
de la unión, bajo la influencia de Lenin, empieza a
disiparse".
En las provincias la resistencia ante la tesis de Lenin continuó
durante mucho tiempo en determinadas regiones, casi hasta
octubre. Según el relato de un obrero de Kiev, Sivtsov,
"las ideas expuestas en las tesis [de Lenin] no fueron
asimiladas inmediatamente por toda la organización
bolchevique de Kiev. Algunos camaradas, Piatakov entre ellos,
estaban en desacuerdo con las tesis..." Morgunov, un
ferroviario de Jarkov, cuenta esto: "Los viejos bolcheviques
gozaban de una gran influencia en toda la masa de ferroviarios...
Muchos de ellos no pertenecían a nuestra fracción...
Después de la revolución de Febrero, algunos,
por error, adhirieron a los mencheviques, de lo cual ellos
mismos se reían más tarde, preguntándose
cómo pudo haberles sucedido". No faltan testimonios
de la misma naturaleza.
A pesar de todo esto, la historiografía oficial considera
actualmente como un sacrilegio el mencionar siquiera el rearme
del partido efectuado por Lenin en abril. Los historiadores
últimos han sustituido el criterio histórico
por el del prestigio del partido. No pueden citar ni a Stalin,
que, todavía en 1924, se veía obligado a reconocer
toda la profundidad del viraje de abril. "Fueron necesarias
las famosas tesis de abril de Lenin para que el partido pudiera
lanzarse por un nuevo camino." "Nueva orientación"
y "nuevo camino", en eso consiste el rearme del
partido. Pero, seis años más tarde, cuando Yaroslavski,
como historiador, recordó que Stalin había adoptado
en los comienzos de la revolución "una posición
errónea en las cuestiones esenciales", se le atacó
ferozmente de todos lados. ¡El ídolo del prestigio
es, de entre todos los monstruos, el más devorado!
La tradición revolucionaria del partido, la presión
de los obreros de la base, la crítica de Lenin al grupo
dirigente, forzaron a la capa superior del partido a "lanzarse
por un nuevo camino" durante abril y mayo, usando los
mismos términos que empleó Stalin. Pero habría
que ignorar totalmente la psicología política
para suponer que un simple voto de adhesión a las tesis
de Lenin significaba una renuncia efectiva y total a "la
posición errónea sobre las cuestiones esenciales".
En realidad, los puntos de vista del democratismo vulgar que
se habían reforzado orgánicamente durante los
años de guerra, si bien se adaptaron a un nuevo programa,
mantenían una sorda oposición con él.
El 6 de agosto, Kámenev, pese a la resolución
de la Conferencia de abril de los bolcheviques, se pronuncia
en el Comité ejecutivo por la participación
en la conferencia de los socialpatriotas que se prepara en
Estocolmo. Nadie responde en el órgano central del
partido a la declaración de Kámenev. Lenin escribe
un artículo fulminante que no aparece, sin embargo,
más que diez días después del discurso
de Kámenev. Fue necesaria una enérgica presión
por parte de Lenin mismo y de otros miembros del Comité
central para obtener que la redacción, a cuya cabeza
se encontraba Stalin, publicara la protesta.
Movimientos convulsivos de indecisión se propagaron
en el partido después de las jornadas de Julio: el
aislamiento de la vanguardia proletaria asustaba a muchos
dirigentes, sobre todo en provincias. Durante las jornadas
kornilovianas, estos medrosos intentaron acercarse a los conciliadores,
lo que provocó un nuevo grito de advertencia por parte
de Lenin.
El 30 de agosto, Stalin, en tanto que jefe de redacción,
publica sin la menor reserva un artículo de Zinóviev,
"Lo que no debe hacerse", dirigido contra la preparación
de la insurrección. "Hay que mirar la verdad de
frente: se dan en Petrogrado numerosas circunstancias que
favorecen el estallido de un levantamiento del tipo de la
Comuna de París de 1871..." El 3 de septiembre,
Lenin, sin nombrar a Zinóviev, pero atacándole
indirectamente, escribe: "La alusión a la Comuna
es muy superficial y hasta tonta. Porque, en primer lugar,
algo han aprendido, sin embargo, los bolcheviques desde 1871,
no habrían dejado de apoderarse de los Bancos, no habrían
renunciado a una ofensiva contra Versalles; y, en esas condiciones,
la Comuna habría podido vencer incluso. Además,
la Comuna no podía proponer al pueblo, en seguida,
lo que podrán proponer los bolcheviques si detentan
el poder: la tierra a los campesinos, la propuesta inmediata
de paz." Era una advertencia anónima, pero inequívoca,
no solamente a Zinóviev, sino al redactor de la Pravda,
Stalin.
La cuestión del Preparlamento escindió en dos
el Comité central. La decisión de la fracción
de la conferencia a favor de la participación en el
Preparlamento obtuvo el apoyo de muchos comités locales,
si no de la mayoría. Así sucedió, por
ejemplo, en Kiev. "En relación a... la entrada
en el Preparlamento -escribe en sus Memorias E. Boch-, la
mayoría del Comité se pronunció por la
participación y eligió representante a Piatakov."
En muchos casos, como los de Kámenev, Ríkov,
Piatakov y otros, podemos señalar una serie de vacilaciones:
contra las tesis de Lenin en abril, contra el boicot al Preparlamento
en septiembre, contra el levantamiento en octubre. En cambio,
la capa inferior de los cuadros bolcheviques, más próxima
a las masas y más nueva políticamente, adoptó
fácilmente la consigna de boicot y obligó a
cambiar de orientación rápidamente a los comités
e incluso al Comité central. Así, por ejemplo,
la Conferencia de la ciudad de Kiev se pronunció por
una aplastante mayoría contra su comité. De
este modo, en casi todos los difíciles virajes políticos,
Lenin se apoyaba en las capas inferiores del partido contra
las más altas, o en la masa del partido contra el aparato
en su conjunto.
En esas condiciones, las vacilaciones que precedieron a Octubre
no podían coger de improviso a Lenin. Estaba prevenido
con una perspicaz desconfianza, estaba alerta ante cualquier
síntoma alarmante, partía de los peores supuestos
y consideró oportuno presionar una y otra vez antes
que mostrarse indulgente.
Sin duda alguna, fue por inspiración de Lenin que el
Secretariado regional de Moscú adoptó, a finales
de septiembre, una resolución severa contra el Comité
central acusándolo de indecisión, de vacilar
constantemente, de introducir la confusión en las filas
del partido, y exigiendo que "tomase una línea
clara y definida hacia la insurrección". En nombre
del Secretariado de Moscú, Lómov comunicaba,
el 2 de octubre, esta decisión al Comité central.
En el acta se señala: "Se ha decidido no abrir
debate sobre el informe." El Comité central seguía
aún eludiendo el problema de saber qué hacer.
Pero la presión de Lenin a través de Moscú
surtió sus efectos: dos días después,
el Comité central decidió abandonar el Preparlamento.
Enemigos y adversarios comprendieron que ese abandono abría
la marcha hacia la insurrección. "Trotsky, al
ordenar a su ejército evacuar el Preparlamento -escribe
Sujánov- se orientaba claramente hacia una insurrección
violenta." El informe al Soviet de Petrogrado sobre el
abandono del Preparlamento acababa con el grito: " ¡Viva
la lucha directa y abierta por el poder revolucionario en
el país!" Era el 9 de octubre.
Al día siguiente tuvo lugar, a instancias de Lenin,
la famosa sesión del Comité central donde se
planteó en todo su alcance el problema de la insurrección.
Del resultado de esa sesión Lenin hacía depender
su política interior: a través del Comité
central o contra él. "¡Oh, nuevas agudezas
de la graciosa musa de la Historia!", escribe Sujánov.
"Esta sesión decisiva de los altos dirigentes
se celebró en mi casa, en mi alojamiento de la misma
calle Karpovka (32, alojamiento 31). Pero todo esto sucedía
a mis espaldas." La mujer del menchevique Sujánov
era bolchevique. "Esta vez se adoptaron medidas particulares
para hacerme pasar la noche fuera: por lo menos, mi mujer
se informó exactamente sobre mis intenciones y me aconsejó
amistosa y desinteresadamente que no me fatigase demasiado
después de un largo viaje. En cualquier caso, la alta
asamblea estaba completamente a resguardo de una incursión
por mi parte." La reunión se encontraba, y esto
es más importante, a resguardo de una incursión
de la policía de Kerenski.
Doce de los veintiún miembros del Comité central
estaban presentes. Lenin llegó con peluca, gafas y
afeitado. La sesión duró unas diez horas seguidas
hasta la alta noche. Durante un momento de descanso, se sirvió
té con pan y salchichón para reponer fuerzas.
Y era muy necesario: se trataba de tornar el poder en el antiguo
Imperio de los zares. La sesión empezó con el
acostumbrado informe organizativo- de Sverdlov. Esta vez,
las informaciones que dio estaban dedicadas al frente y no
cabía duda de que las había concertado previamente
con Lenin para ofrecerle un apoyo en sus deducciones, lo cual
respondía perfectamente a los procedimientos habituales
de Lenin. Los representantes de los ejércitos del frente
norte hacían saber, por intermedio de Sverdlov, que
el comando contrarrevolucionario preparaba "un golpe
bajo llevando las tropas a la retaguardia". Comunicaban
desde Minsk, desde el Estado Mayor del frente oeste, que se
preparaba allí una nueva aventura korniloviana. Ante
el espíritu revolucionario de la guarnición
local, el Estado Mayor había hecho cercar la ciudad
por contingentes de cosacos. "Hay conversaciones turbias
entre los Estados Mayores y el Gran cuartel general."
Nada impide echar el guante el Estado Mayor de Minsk: la guarnición
local está dispuesta a desarmar a los cosacos que rodean
la ciudad. También se puede enviar desde Minsk un cuerpo
de ejército contrarrevolucionario a Petrogrado. En
el frente están bien dispuestos hacia los bolcheviques,
marcharán contra Kerenski. Esa es la introducción:
no es suficientemente clara en todos sus aspectos, pero es
muy reconfortante.
Lenin pasa inmediatamente a la ofensiva: "Desde comienzos
de septiembre se observa cierta indiferencia hacia el problema
de la insurrección." Se alega un enfriamiento
y una desilusión de las masas. No es extraño:
"Las masas se han cansado de palabras y de resoluciones."
Hay que analizar la situación en su conjunto. Los acontecimientos
en las ciudades tienen por fondo, ahora, un gigantesco movimiento
campesino. El gobierno necesitaría fuerzas colosales
para aplastar el levantamiento del campo. "La situación
política se halla, en consecuencia, preparada. Hay
que hablar de la parte técnica. Todo se reduce a esto.
Sin embargo, nosotros, siguiendo a los partidarios de la defensa
nacional, nos inclinamos a considerar la preparación
sistemática de la insurrección como un pecado
político." El informador modera, evidentemente,
sus términos: se guarda muchas cosas. "Hay que
aprovechar el Congreso regional de los Soviets del norte y
la propuesta de Minsk para lanzar una acción decisiva."
El Congreso del norte comenzó el mismo día que
la sesión del Comité central y debía
prolongarse dos o tres días. Lenin consideraba que
la tarea de los próximos días consistía
en "desarrollar una acción decisiva". No
es posible esperar más. No se pueden aplazar las cosas.
En el frente -se lo hemos oído a Sverdlov se prepara
un golpe de Estado. ¿Habrá un Congreso de los
soviets? No se puede saber. Hay que tomar el poder inmediatamente,
sin esperar ningún congreso. "Intraducible, inexpresable
-escribía Trotsky unos años después-
quedó el espíritu general de esas improvisaciones
tenaces y apasionadas, imbuidas del deseo de transmitir a
los adversarios, a los vacilantes, a los inseguros, su pensamiento,
su voluntad, su seguridad, su coraje..."
Lenin esperaba encontrar una gran resistencia. Pero sus temores
se desvanecieron pronto. El rechazo unánime con que
el Comité central había acogido en septiembre
la propuesta de una insurrección inmediata tenía
un carácter episódico: el ala izquierda se había
pronunciado contra "el cerco del teatro Alexandra"
en función de la coyuntura; el ala derecha, por motivos
de estrategia general que en aquel momento no habían
sido, sin embargo, estudiados a fondo. Durante las tres semanas
transcurridas, el Comité central había evolucionado
considerablemente hacia la izquierda. Diez votos contra dos
se pronunciaron por la insurrección. ¡Era una
gran victoria!
Poco después de la insurrección, en una nueva
etapa de la lucha interna del partido, Lenin recordó,
en un debate del Comité de Petrogrado, cómo
en la sesión del Comité central "había
temido una actitud oportunista de los internacionalistas unificadores,
pero este temor se fue luego; en nuestro partido algunos miembros
[del Comité central] no estuvieron de acuerdo. Eso
me apenó mucho". Entre los "internacionalistas",
aparte de Trotsky, a quien Lenin no hacía referencia
en estas apreciaciones, formaban parte del Comité central:
Yofe, futuro embajador en Berlín; Uritski, futuro jefe
de la Cheka en Petrogrado; y Sokolnikov, el futuro creador
del chervonetz: los tres se pusieron del lado de Lenin. En
contra se pronunciaron dos viejos bolcheviques que, en el
pasado, habían sido los más próximos
a Lenin: Zinóviev y Kámenev. A ellos alude Lenin
cuando dice: "Eso me apenó mucho." La sesión
del día 10 consistió casi enteramente en una
apasionada polémica con Zinóviev y Kámenev:
Lenin llevaba la ofensiva, el resto se le unían uno
tras otro.
La resolución redactada con prisas por Lenin, escrita
a lápiz sobre una hoja de papel escolar cuadriculado,
era de una arquitectura imperfecta, pero en cambio daba un
sólido apoyo a la corriente en favor de la insurrección.
"El Comité central reconoce que tanto la situación
internacional de la revolución rusa (sublevación
de la flota en Alemania como manifestación extrema
del progreso de la revolución socialista mundial en
toda Europa, y luego la amenaza de una paz de los imperialistas
con el fin de sofocar la revolución en Rusia), como
la situación militar (la indiscutible decisión
de la burguesía rusa, de Kerenski y Cía, de
entregar Petrogrado a los alemanes), todo ello ligado al levantamiento
campesino y al giro de la confianza popular hacia nuestro
partido (elecciones en Moscú), finalmente, la evidente
preparación de una segunda aventura korniloviana (evacuación
de las tropas de Petrogrado, expedición a Petrogrado
de cosacos, cerco de Minsk por los cosacos, etc.), pone al
orden del día la insurrección armada. Reconociendo,
pues, que la insurrección armada es inevitable y que
está madura ya, el Comité central invita a todas
las organizaciones del partido a guiarse por ello y a discutir
y resolver desde este punto de vista todas las cuestiones
prácticas (Congreso de los soviets de la región
del norte, evacuación de las tropas de Petrogrado,
movimientos de tropas de Moscú y de Minsk, etc.)"
Conviene señalar, tanto para la apreciación
del momento como para tener en cuenta la peculiaridad del
autor, el orden mismo de las condiciones de la insurrección:
en primer lugar, la revolución mundial madura; la insurrección
en Rusia no es más que un eslabón de la cadena
general. Ese es el invariable punto de partida de Lenin, sus
grandes premisas: no podía proceder de otro modo. La
insurrección es planteada directamente como la tarea
del partido: no se aborda por el momento el difícil
problema de un acuerdo con los soviets para preparar la insurrección.
Ni una palabra sobre el Congreso panruso de los Soviets. Como
puntos de apoyo para la insurrección, se añaden
a instancias de Trotsky, luego del congreso regional del norte
y del "movimiento de las tropas de Moscú y de
Minsk", las palabras sobre "la evacuación
de las tropas de Petrogrado". Era la única alusión
al plan de insurrección que se imponía en la
capital por la marcha misma de los acontecimientos. Nadie
propuso enmiendas tácticas a la resolución que
determinaba el punto de partida estratégico de la insurrección
contra Zinóviev y Kámenev, quienes negaban la
necesidad misma del levantamiento.
Las tentativas hechas posteriormente por la historiografía
oficial para presentar las cosas como si los dirigentes del
partido, salvo Zinóviev y Kámenev, se hubieran
pronunciado a favor de la insurrección, se ven demolidas
por los hechos y los acontecimientos. Aparte de que muchos
que votaron a favor de la insurrección estaban frecuentemente
dispuestos a aplazarla hasta una fecha indeterminada, Zinóviev
y Kámenev no estaban aislados, ni siquiera en el Comité
central: Ríkov y Noguín, ausentes de la sesión
del 10, compartían enteramente su punto de vista, y
Miliutin estaba cerca de ellos. "Se observan fluctuaciones
en los círculos dirigentes del partido, una especie
de temor a la lucha por el poder", ése es el testimonio
personal de Lenin. Según Antónov-Saratovski,
Miliutin, llegado a Saratov después del 10, "hablaba
de una carta de Ilich exigiendo que "empezáramos
la cosa", hablando de las tergiversaciones del Comité
central, del "fracaso" inicial de la propuesta de
Lenin, de su indignación, y, por-,,, último,
de que todo se orientaba hacia la insurrección".
El bolchevique Sadovski escribió más tarde de
"cierta falta de seguridad y de determinación
que reinaban entonces. Aun en el seno del Comité central,
en este período, había, como se sabe, fricciones
y conflictos, se preguntaban cómo empezar y si había
que empezar".
Sadovski era, en ese período, uno de los dirigentes
de la Sección militar del Soviet y de la Organización
militar de los bolcheviques. Pero, precisamente, los miembros
de la Organización militar, como se puede ver en diferentes
Memorias, miraban con mucha prevención en octubre la
idea de una insurrección: el carácter específico
de la organización inclinaba a los dirigentes a subestimar
las condiciones políticas y a sobreestimar las condiciones
técnicas. El 16 de octubre, Krilenko decía en
un informe: "La mayoría del Secretariado [de la
Organización militar] considera que la cuestión
no debe plantearse prácticamente demasiado a fondo,
pero la minoría piensa que se puede asumir la iniciativa."
El 18, otro miembro eminente de la Organización militar,
Laschevich, decía: "¡Hay que tomar inmediatamente
el poder! Creo que no hay que forzar los acontecimientos...
Nada garantiza que podamos guardar el poder... El plan estratégico
propuesto por Lenin cojea por las cuatro patas." Antónov-Ovseenko
relata la entrevista de los principales militares de la Organización
militar con Lenin: "Podvoiski presentaba dudas, Nevski
a veces le apoyaba y otras cedía al tono seguro de
Ilich: yo exponía la situación en Finlandia...
La seguridad y firmeza de Ilich me produjeron mayor ánimo
y estimularon a Nevski, pero Podvoiski siguió con sus
dudas." No hay que olvidar que en todas las Memorias
de este género las dudas se pintan con tono de acuarela;
las seguridades, con fuertes pinceladas de óleo.
Chudnovski se pronunció resueltamente contra la insurrección.
Manuilski, escéptico, repetía su advertencia
de que "el frente no estaba con nosotros". Tomski
se opuso al levantamiento. Volodarski apoyaba a Zinóviev
y Kámenev. No todos los adversarios de la insurrección
se manifestaban abiertamente. En la sesión del Comité
de Petrogrado, el día 15, Kalinin afirmaba: "La
resolución del Comité central es una de las
mejores que se hayan adoptado en él... Hemos llegado
prácticamente al momento de la insurrección
armada. Pero, ¿cuándo será posible? Quizás
dentro de un año, no se sabe aún." Un "acuerdo"
de ese género con el Comité central, aunque
típico en Kalinin, no era, sin embargo, particular
en él sólo. Fueron muchos los que se adhirieron
a la resolución para poder luchar mejor contra el levantamiento.
Los círculos dirigentes de Moscú eran los menos
unánimes de todos. El Secretariado regional apoyaba
a Lenin. En el Comité de Moscú las fluctuaciones
eran enormes y predominaba la opinión de aplazar las
cosas. El Comité provincial no adoptaba una actitud
definida y, además, los del Secretariado regional consideraban,
según afirma Yakovleva, que en el momento decisivo
el Comité provincial se inclinaría al lado de
los adversarios de la insurrección.
Lebedev, un militante de Saratov, cuenta que en su visita
a Moscú, poco antes de la insurrección, paseando
con Ríkov, éste, señalándole los
edificios de piedra, las lujosas tiendas, la animación
agitada de la calle, se lamentaba de las dificultades que
implicaba la tarea a realizar. "Aquí, en el centro
mismo del Moscú burgués, nos sentimos realmente
como pigmeos proyectando derribar una montaña."
En cada organización del partido, en cada uno de sus
comités provinciales, había militantes con el
mismo estado de ánimo que el de Zinóviev y Kámenev;
eran mayoritarios en muchos comités. Hasta en el foco
proletario de Ivanovo-Vosnesenk, donde los bolcheviques dominaban
sin competencia, las disensiones entre los altos dirigentes
fueron muy graves. En 1925, cuando las reminiscencias se adaptaban
ya a las necesidades del nuevo curso, Kiselev, viejo militante
bolchevique, escribía: "Los elementos obreros
del partido, salvo algunas excepciones individuales, seguían
a Lenin; contra Lenin se pronunciaba un grupo poco numeroso
de intelectuales del partido y algunos obreros aislados".
En las discusiones públicas, los adversarios de la
insurrección empleaban los mismos argumentos que los
de Zinóviev y Kámenev. "Pero en las discusiones
particulares -escribe Kiselev- la polémica adquiría
formas más agudas y francas, y se llegaba a afirmar
que "Lenin estaba loco, que empujaba a la clase obrera
a su ruina, que nada resultaría de ese levantamiento
armado, que seríamos derrotados, que aplastarían
al partido y a la clase obrera, y que todo esto postergaría
la revolución durante años, etc.""
Tal era, en particular, el estado de espíritu de Frunze,
personalmente muy valeroso, pero que no se distinguía
por su amplitud de miras.
Ni siquiera la victoria de la insurrección en Petrogrado
pudo destruir en todas partes la inercia de la expectativa
y la resistencia directa del ala derecha. Las vacilaciones
de la dirección casi llevaron luego al fracaso de la
insurrección en Moscú. En Kiev, el Comité
dirigido por Piatakov, con su política puramente defensiva,
transmitió la iniciativa y, luego, el poder mismo a
la Rada. "La organización de nuestro partido en
Vonorej -cuenta Vrachev- vacilaba enormemente. Incluso allí,
el golpe de Estado fue realizado no por el Comité del
partido, sino por su activa minoría, a cuya cabeza
estaba Moisev." En no pocas capitales de provincia, los
bolcheviques hicieron bloque en octubre con los conciliadores
"para combatir a la contrarrevolución", como
si los conciliadores no fueran en esos momentos uno de los
principales pilares de ésta. Casi en todas partes fue
necesario a menudo un impulso simultáneo de abajo y
de arriba para romper las últimas vacilaciones del
Comité local, obligarle a romper con los conciliadores
y a ponerse a la cabeza del movimiento: "Finales de octubre
y comienzos de noviembre fueron realmente jornadas "de
profunda turbación" en los medios de nuestro partido.
Muchos eran los que se dejaban ganar rápidamente por
el ambiente", recuerda Schliapnikov, que pagó
también amplio tributo a esas vacilaciones.
Todos esos elementos que, como por ejemplo los bolcheviques
de Jarkov, se encontraron al comenzar la revolución
en el campo de los mencheviques y luego se preguntaron estupefactos
"cómo podía haberles sucedido", no
hallaron lugar donde meterse durante las jornadas de Octubre
y en general vacilaron, contemporizaron. Con mayor firmeza
aún, hicieron valer sus derechos de "viejos bolcheviques"
en el período de la reacción ideológica.
Por considerable que haya sido, en estos últimos años,
el trabajo destinado a disimular estos hechos, prescindiendo
incluso de los archivos secretos, inaccesibles hoy al erudito,
quedan siempre en los periódicos de ese tiempo, en
las Memorias en las revistas históricas, numerosos
testimonios de que el aparato mismo del partido más
revolucionario opuso una poderosa resistencia en vísperas
de la insurrección. En la burocracia se instala inevitablemente
el espíritu conservador. El aparato sólo puede
cumplir su función revolucionaria mientras actúe
como instrumento al servicio del partido, es decir, subordinado
a una idea y controlado por las masas.
La resolución del 10 de octubre tuvo una importancia
considerable. Ofreció a los verdaderos partidarios
de la insurrección un terreno legal sólido dentro
del partido. En todas las organizaciones del partido, en todas
las células, los elementos más resueltos comenzaron
a ocupar los primeros puestos. Las organizaciones del partido,
empezando por Petrogrado, se reagruparon, calcularon sus fuerzas
y sus recursos, reforzaron sus lazos y dieron a la campaña
por la insurrección un carácter más concentrado.
Pero la resolución no puso fin a los desacuerdos dentro
del Comité central. Al contrario, les dio forma y los
exteriorizó. Zinóviev y Kámenev, que
se veían rodeados de simpatía por una parte
de las esferas dirigentes, observaron asustados cuán
rápida era la orientación hacia la izquierda.
Decidieron no perder más tiempo y difundieron al día
siguiente un largo llamamiento a los miembros del partido.
"Ante la historia, ante el proletariado internacional,
ante la revolución rusa y la clase obrera de Rusia
-escribían- no tenemos el derecho de jugar ahora todo
el futuro a la carta de la insurrección armada."
Su perspectiva era la de entrar, en tanto que fuerte oposición
del partido, en la Asamblea constituyente, "la cual sólo
podría apoyarse en los soviets para su trabajo revolucionario".
De ahí la fórmula: "La Asamblea constituyente
y los soviets, ése es el tipo combinado de instituciones
estatales hacia el cual marchamos." La Asamblea constituyente,
en la que se suponía que los bolcheviques estarían
en minoría, y los soviets donde los bolcheviques estarían
en mayoría, es decir, el órgano de la burguesía
y el órgano del proletariado, deben ser "combinados"
dentro del sistema pacífico de la dualidad de poderes.
Esto no había sido posible ni siquiera bajo la dominación
de los conciliadores. ¿Cómo se hubiera podido
realizar con unos soviets bolchevizados?
"Sería un profundo error histórico -decían
finalmente Zinóviev y Kámenev el plantear la
cuestión del paso del poder al partido proletario de
la siguiente manera: o ahora mismo, o nunca. No. El partido
del proletariado crecerá, su programa se irá
clarificando ante masas cada vez más numerosas."
La esperanza de un crecimiento incesante del bolchevismo,
independientemente de la marcha real de los conflictos de
clases, contradecía irreductiblemente el leitmotiv
de Lenin en esa época: "El triunfo de la revolución
rusa y mundial depende de dos o tres días de lucha."
No es preciso añadir que, en este diálogo dramático,
Lenin tenía toda la razón. Es imposible disponer
de una situación revolucionaria según los deseos
personales. Si los bolcheviques no hubieran tomado el poder
en octubre-noviembre, es muy posible que nunca lo hubieran
tomado. En lugar de una dirección firme, las masas
habrían visto en los bolcheviques las mismas divergencias
fastidiosas de siempre entre las palabras y los hechos y habrían
abandonado al partido por engañar sus esperanzas durante
dos o tres meses, del mismo modo que se habían separado
de los socialistas revolucionarios y de los mencheviques.
Una parte de los trabajadores habría caído en
la indiferencia, otra habría consumado sus fuerzas
en movimientos convulsivos, en explosiones anárquicas,
en escaramuzas guerrilleras, en el terror de la venganza y
de la desesperación. Recuperando así su aliento,
la burguesía habría aprovechado para concluir
una paz separada con el Hohenzollern y para aplastar las organizaciones
revolucionarias. Rusia se habría visto de nuevo inserta
en el circulo de los Estados capitalistas, en tanto que país
semiimperialista y semicolonial. La insurrección proletaria
se habría aplazado indefinidamente. La viva comprensión
de esta perspectiva inspiraba a Lenin su grito de alarma:
"El triunfo de la revolución rusa y mundial depende
de dos o tres días de lucha."
Pero ahora, después del 10, la situación dentro
del partido se había modificado radicalmente. Lenin
ya no era un "oponente" aislado cuyas propuestas
eran rechazadas por el Comité central. Fue el ala derecha
quien se encontró aislada. Lenin ya no necesitaba conquistar
su libertad de agitación a costa de su dimisión.
La legalidad estaba de su parte. En cambio, Zinóviev
y Kámenev, haciendo circular su documento dirigido
contra la resolución adoptada por la mayoría
del Comité central, estaban violando la disciplina.
¡Y Lenin, en la lucha, no dejaba impune el menor fallo
del adversario!
En la sesión del día 10, a propuestas de Dzerchinski,
se eligió un buró político compuesto
de siete personas: Lenin, Trotsky, Zinóviev, Kámenev,
Stalin, Sokolnikov y Bubnov. Pero la nueva institución
se mostró totalmente inviable: Lenin y Zinóviev
seguían escondidos aún; además, Zinóviev,
igual que Kámenev, continuaba luchando contra la insurrección.
El buró político constituido en octubre no se
reunió ni una sola vez y fue olvidado muy pronto, como
tantas otras organizaciones que habían sido formadas
ad hoc en el remolino de los acontecimientos.
Ningún plan práctico de insurrección,
ni siquiera aproximativo, fue esbozado en la sesión
del día 10. Pero, sin que se mencionara en la resolución,
se llegó al acuerdo de que la insurrección debía
preceder al Congreso de los soviets y empezar, de ser posible,
el 15 de octubre lo más tarde. No todos aceptaban esa
fecha: estaba demasiado cerca, evidentemente, como para permitir
tomar impulso en Petrogrado. Pero insistir en un plazo hubiera
significado apoyar a las derechas y mezclar las cartas. ¡Además,
nunca es demasiado tarde para aplazarla!
Trotsky, en sus recuerdos sobre Lenin escritos en 1924, siete
años después de los acontecimientos, fue el
que reveló por primera vez que la fecha primitiva había
sido fijada para el día 15. Pronto Stalin lo desmintió
y el problema tomó vivo interés en la literatura
histórica rusa. Como se sabe, la insurrección
se produjo en realidad el día 25 y, por tanto, la fecha
primitivamente fijada fue dejada de lado. La historiografía
de los epígonos considera que, en la política
del Comité central, no podía haber ni errores
ni retrasos. "Resultaría -escribe a este respecto
Stalin- que el Comité central habría fijado
el 15 de octubre como fecha para la insurrección y
que luego él mismo habría infringido (!) esa
decisión, aplazando el levantamiento hasta el 25 de
octubre. ¿Es cierto eso? No, es falso." Stalin
llega a la conclusión de que "Trotsky ha sido
traicionado por su memoria." Como prueba de ello, se
remite a la resolución del 10 de octubre, que no menciona
ninguna fecha.
La controversia sobre la cronología de la insurrección
es muy importante para poder comprender el ritmo de los acontecimientos
y exige ser elucidada. Es totalmente cierto que la resolución
del día 10 no establece ninguna fecha. Pero esta resolución
de conjunto se refería a la insurrección en
todo el país e iba dirigida a centenares y miles de
dirigentes del partido. Insertar en ella la fecha conspirativa
de la insurrección prevista para un día muy
cercano en Petrogrado hubiera sido el colmo del aturdimiento:
recordemos que Lenin, prudentemente, no fechaba ni siquiera
sus cartas en este período. En este caso se trataba
de una decisión a la vez tan importante y tan sencilla
que todos los participantes podían memorizaría
fácilmente, dado que era sólo cuestión
de unos días. Cuando Stalin alega el texto de la resolución,
hay, pues, un perfecto malentendido.
Estamos dispuestos a reconocer, sin embargo, que los recuerdos
personales, y sobre todo cuando surge controversia, no bastan
para un estudio histórico.
Por suerte, el problema se resuelve, sin lugar a dudas, si
analizamos las circunstancias y los documentos.
El comienzo del congreso de los soviets estaba previsto para
el 20 de octubre. Entre la jornada en que se reunió
el Comité central y la fecha del congreso había
un intervalo de diez días. El congreso no debía
desarrollar la agitación por el poder de los soviets,
sino tomarlo. Pero, por sí solos, unos centenares de
delegados eran incapaces de tomar el poder; había que
conseguirlo para el congreso y antes del congreso. "Lograd
primero la victoria sobre Kerenski y luego convocad el congreso",
esa era la idea central de toda la agitación de Lenin,
a partir de la segunda quincena de septiembre. En principio,
todos los que eran partidarios de la toma del poder estaban
de acuerdo en eso. El Comité central no podía,
pues, dejar de darse como tarea una tentativa de insurrección
entre el 10 y el 20 de octubre. Pero, como no se podía
prever cuántos días duraría la lucha,
el comienzo de la insurrección fue fijado para el 15.
"En relación a la fecha misma -escribe Trotsky
en sus recuerdos sobre Lenin-, no hubo prácticamente
ninguna objeción. Todos comprendían que la fecha
tenía un carácter aproximado, por así
decir, de orientación, y que, según los acontecimientos,
podía ser adelantada o postergada. Pero era sólo
cuestión de días. La necesidad misma de una
fecha y, además cercana, era totalmente evidente."
En suma, el testimonio de la lógica permite resolver
la cuestión. Pero no faltan pruebas complementarias.
Lenin propuso insistentemente y repetidas veces utilizar el
Congreso regional de los soviets del norte para emprender
las operaciones militares. La resolución del Comité
central adoptó esa idea. Pero el Congreso regional,
que había comenzado el 10, debía terminarse
precisamente antes del 15.
En la Conferencia del 16, Zinóviev, insistiendo para
que se informase sobre la resolución adoptada seis
días antes, declaraba: "Hay que decir claramente
que, en los próximos cinco días, no vamos a
organizar una insurrección"; se trataba de los
cinco días que quedaban aún hasta el congreso
de los soviets. Kámenev, que, en la misma conferencia,
afirmaba que "fijar la fecha de la insurrección
era una aventura", añadía también:
"Hace unos días se decía que la insurrección
estallaría antes del 20." Nadie le contradijo
en esto ni podía hacerlo. El aplazamiento de la insurrección
era interpretado por Kámenev precisamente como el fracaso
de la resolución de Lenin. "En esa última
semana, nada se había hecho" por la insurrección,
según sus propias palabras. Evidentemente, exageraba:
una vez fijada la fecha, todos se vieron obligados a poner
más rigor en sus planes y a acelerar el ritmo de trabajo.
Pero es indudable que el plazo de cinco días fijado
en la sesión del 10 resultaba demasiado corto. Se imponía
un aplazamiento. Fue sólo el día 17 cuando el
Comité ejecutivo central aplazó hasta el 25
de octubre el comienzo del Congreso de los soviets. Ese aplazamiento
vino, pues, perfectamente.
Alarmado ante los acontecimientos, Lenin, a quien, dado su
aislamiento, debían aparecerle las fricciones internas
de manera un tanto exagerada, insistió en que se convocara
una nueva asamblea del Comité central con los representantes
de las principales secciones de la capital. Precisamente en
esta conferencia, el día 16, en las afueras de la ciudad,
en Lesni, Zinóviev y Kámenev formularon sus
ya conocidos argumentos sobre el aplazamiento de la fecha
primitiva, oponiéndose al mismo tiempo a que se fijase
otra nueva.
Las disensiones comenzaron de nuevo, más vivas todavía.
Miliutin consideraba que "no estábamos preparados
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