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Se impone
hasta tal punto el aplicar a la revolución analogías
derivadas de la historia natural, que algunas de ellas se
han convertido en metáforas corrientes: "erupción
volcánica", "parto de una nueva sociedad",
"punto de ebullición"... Bajo la apariencia
de una simple imagen literaria se disimula una percepción
intuitiva de las leyes de la dialéctica, es decir,
de la lógica del desarrollo.
Lo que la revolución en su conjunto es respecto a la
evolución, la insurrección armada lo es en relación
a la revolución misma: el punto crítico en que
la cantidad acumulada se convierte por explosión en
calidad. Pero la insurrección misma no es un acto homogéneo
e indivisible: hay en ella puntos críticos, crisis
e impulsos internos.
Tiene gran importancia, desde el punto de vista político
y teórico, el corto período que precede inmediatamente
al "punto de ebullición", es decir, la víspera
de la insurrección. Se enseña en física
que si se abandona de pronto una operación de calentar
regularmente un líquido, éste conserva durante
un cierto tiempo una temperatura invariable y entra en ebullición
después de haber absorbido una cantidad complementaria
de calor. El lenguaje corriente viene una vez más en
nuestra ayuda, definiendo el estado de falsa tranquilidad
y sosiego anterior al estallido como "la calma que precede
a la tormenta".
Cuando la mayoría de los obreros y soldados de Petrogrado
pasó indiscutiblemente al lado de los bolcheviques,
la temperatura parecía haber alcanzado el punto de
ebullición. Fue precisamente entonces cuando Lenin
proclamó la necesidad de una insurrección inmediata.
Pero lo sorprendente es que aún faltaba algo para la
insurrección. Los obreros y, sobre todo, los soldados
debían absorber todavía una nueva dosis de energía
revolucionaria.
En las masas, no hay contradicción entre las palabras
y los actos. Pero, para pasar de las palabras a los actos,
aunque sólo sea en una huelga y con mayor razón
en una insurrección, se producen inevitablemente fricciones
íntimas y reagrupamientos moleculares: unos avanzan,
otros tienen que quedarse atrás. La guerra civil, en
sus primeros pasos, se caracteriza en general por una falta
de resolución. Ambos campos, en cierto modo, pisan
el mismo suelo nacional, no pueden liberarse de su propia
periferia, con sus capas intermedias y sus disposiciones favorables
a la conciliación.
La calma anterior a la tormenta, en las masas, indicaba una
grave confusión en la capa dirigente. Los órganos
y las instituciones que se habían formado en el período
relativamente tranquilo de los preparativos -la revolución
tiene sus períodos de reposo, así como la guerra
tiene sus días de calma- resultan, aun en el partido
mejor forjado, inadecuados o no del todo adecuados a los problemas
de la insurrección: no se pueden evitar en el momento
más crítico ciertos desplazamientos y reajustes.
Los delegados del Soviet de Petrogrado, que habían
votado por el poder de los soviets, distaban mucho de haberse
convencido todos del hecho que la insurrección armada
se había convertido en la tarea inmediata. Era necesario
hacerles pasar por un nuevo camino, con los menores trastornos
posibles, para transformar el Soviet en un aparato de insurrección.
Dado el grado de maduración de la crisis, no hacía
falta para ello ni meses, ni siquiera muchas semanas. Pero
precisamente en los últimos días lo más
peligroso era perder pie, dar la orden para el gran salto
unos días antes de que el Soviet estuviese dispuesto
a darlo, provocar una perturbación en las filas, separar
el partido del Soviet, aunque sólo fuese por veinticuatro
horas.
Lenin ha repetido más de una vez que las masas están
infinitamente más a la izquierda que el partido, y
éste más a la izquierda que su Comité
central. En relación a la revolución en su conjunto,
era absolutamente justo. Pero, incluso en esas relaciones
recíprocas, hay profundas oscilaciones íntimas.
En abril, en junio, en particular a comienzos de julio, los
obreros y soldados empujaban impacientemente al partido por
el camino de los actos decisivos. Después del aplastamiento
de julio, las masas se habían hecho más prudentes.
Tanto o más que antes, deseaban la insurrección.
Pero se habían quemado los dedos y temían un
nuevo fracaso. Durante los meses de julio, agosto y septiembre,
el partido, de un día para otro, contenía a
los obreros y soldados que los kornilovianos, por el contrario,
provocaban de todas formas a salir a la calle. La experiencia
política de los últimos meses había desarrollado
enormemente los centros moderadores, no sólo entre
los dirigentes, sino también entre los dirigidos. Los
incesantes éxitos de la agitación mantenían,
por otro lado, la inercia de la gente dispuesta a estar a
la expectativa. Para las masas no bastaba ya una nueva orientación
política: necesitaban rehacerse psicológicamente.
Cuanto más mandan sobre los acontecimientos los dirigentes
del partido revolucionario, más la insurrección
engloba a las masas.
El problema difícil del paso de la política
preparatoria a la técnica de la insurrección
se planteaba en todo el país de diversas formas, pero
en suma de la misma manera. Muralov cuenta que, en la organización
militar moscovita de los bolcheviques, había unanimidad
sobre la necesidad de tomar el poder; sin embargo, "cuando
se intentó resolver concretamente la cuestión
de saber cómo conquistar el poder, no se halló
solución". Faltaba todavía el último
eslabón de la cadena.
En los mismos días en que Petrogrado se encontraba
amenazado por una evacuación de la guarnición,
Moscú vivía en una atmósfera de incesantes
conflictos huelguísticos. A iniciativa de los comités
de fábrica, la fracción bolchevique del Soviet
presentó un plan: resolver los conflictos económicos
por medio de decretos. Los preparativos duraron bastante tiempo.
Sólo el 23 de octubre los órganos del Soviet
de Moscú adoptaron el "decreto revolucionario
n.º 1": a partir de entonces no se podía
contratarlo despedir a los obreros y empleados en las fábricas
sin el consentimiento de los comités de fábrica.
Esta decisión significaba que se empezaba a actuar
como un poder de Estado. La inevitable resistencia del gobierno
debía, según esperaban los autores de la iniciativa,
agrupar más estrechamente a las masas en torno al Soviet
y precipitar un conflicto abierto. Ese proyecto no se pudo
poner a prueba, ya que la insurrección de Petrogrado
dio a Moscú y al resto del país un motivo mucho
más imperioso para sublevarse: había que apoyar
inmediatamente al gobierno soviético que acababa de
formarse.
El bando qué practica la ofensiva tiene interés,
en general, en mostrarse a la defensiva. Un partido revolucionario
está interesado en encontrar una cobertura legal. El
inminente Congreso de los soviets, que de hecho sería
un congreso insurreccional, era al mismo tiempo el detentor,
a los ojos de las masas populares, si no de toda la soberanía,
al menos de una buena parte de ésta. Era, pues, el
levantamiento de uno de los elementos del doble poder contra
el otro. Recurriendo ante el Congreso como ante la fuente
del poder, el Comité militar revolucionario acusaba
de antemano al gobierno de preparar un atentado contra los
soviets. Esa acusación se derivaba de la situación
misma. Si realmente el gobierno no tenía la intención
de capitular sin lucha, debía, pues, prepararse para
su propia defensa. Pero, por eso mismo, estaba sujeto a la
acusación de haber intrigado contra el órgano
supremo de los obreros, soldados y campesinos. Luchando contra
el Congreso de los soviets que debía derrocar a Kerenski,
el gobierno se lanzaba contra la fuente misma del poder del
que había surgido Kerenski.
Sería un error grosero no ver en esto más que
sutilezas jurídicas, indiferentes al pueblo; al contrario,
es precisamente bajo este aspecto como los acontecimientos
esenciales de la revolución se reflejaban en la conciencia
de las masas. Había que sacar todo el provecho posible
de ese encadenamiento excepcionalmente ventajoso. Dando un
gran sentido político al deseo muy natural de los soldados
de no dejar los cuarteles por las trincheras y movilizando
a la guarnición para la defensa del Congreso de los
soviets, la dirección revolucionaria no se ataba las
manos en absoluto respecto a la fecha de la insurrección.
La elección del día y de la hora dependía
de la marcha ulterior del conflicto. La libertad de maniobra
estaba del lado del más fuerte.
"Vencer primero a Kerenski y convocar luego el Congreso",
repetía Lenin, temiendo ver la insurrección
sustituida por un juego constitucional. Lenin, evidentemente,
no había tenido tiempo aún de apreciar un nuevo
factor que surgía en la preparación del levantamiento
y que cambiaba todo su carácter, es decir: un grave
conflicto entre la guarnición de Petrogrado y el gobierno.
Si el Congreso de los soviets debe resolver el problema del
poder; si el gobierno quiere dividir a la guarnición
para impedir que el Congreso tome el poder; si la guarnición,
sin esperar al Congreso de los soviets, se niega a someterse
al gobierno, todo esto significa en suma que la insurrección
ha comenzado, anticipándose al Congreso de los soviets,
aunque bajo el manto de su autoridad. Sería, por consiguiente,
erróneo hacer una distinción entre los preparativos
de la insurrección y los del Congreso de los soviets.
Lo mejor sería comprender las particularidades de la
insurrección de Octubre comparándola con la
de Febrero. Si recurrimos a esa comparación, no cabe
admitir, como en otros casos, la identidad convencional de
todas las condiciones; son idénticas en realidad, ya
que se trata en los dos casos de Petrogrado: el mismo terreno
de lucha, los mismos agrupamientos sociales, el mismo proletariado
y la misma guarnición. La victoria-se obtiene, en los
dos casos, porque la mayoría de los regimientos de
reserva pasan al bando de los obreros. Pero ¡qué
enorme diferencia, pese a estos rasgos generales esenciales!
Completándose históricamente en esos ocho meses
que las separan, las dos insurrecciones de Petrogrado, por
sus contrastes, parecen hechas de antemano para ayudar a comprender
mejor la naturaleza de una insurrección en general.
Suele decirse que la insurrección de Febrero fue un
levantamiento de fuerzas elementales. Ya hemos expuesto en
su lugar todas las reservas indispensables a esta definición.
Pero es exacto, en todo caso, que en Febrero nadie se anticipó
a indicar el camino de la insurrección; nadie votaba
en las fábricas y los cuarteles sobre la cuestión
de la revolución; nadie, desde arriba, llamaba a la
insurrección. La irritación que se había
acumulado durante años estalló de forma inesperada
incluso, en gran medida, para las masas mismas.
Las cosas sucedieron de otro modo en Octubre. Durante ocho
meses las masas habían vivido una vida política
intensa. No solamente provocaban acontecimientos, sino que
aprendían a comprender su ligazón; después
de cada acción, valoraban críticamente los resultados.
El parlamentarismo soviético se convirtió en
el mecanismo cotidiano de la vida política del pueblo.
Si resolvían votando las cuestiones de huelga, manifestaciones
en la calle, envío de regimientos al frente, ¿podían
las masas renunciar a resolver por ellas mismas el problema
de la insurrección?
De esta conquista inapreciable y en suma única de la
revolución de Febrero provenían, sin embargo,
nuevas dificultades. No se podía llamar a las masas
al combate en nombre del Soviet sin haber planteado categóricamente
la cuestión ante el Soviet, es decir, sin haber hecho
del problema de la insurrección el objeto de debates
abiertos, e incluso con la participación de los representantes
del campo enemigo. La necesidad de crear un órgano
soviético especial, lo más disimuladamente posible,
para dirigir la insurrección, era evidente. Pero esto
imponía también el camino democrático
con todas sus ventajas y todas sus demoras. La decisión
tomada por el Comité militar revolucionario, fechada
el 9 de octubre, no entra en aplicación definitivamente
más que el 20. Sin embargo, la principal dificultad
no estaba ahí. Utilizar la mayoría en el Soviet
y crear un comité compuesto únicamente de bolcheviques,
sería provocar el descontento de los sin partido, sin
contar el de los socialistas revolucionarios de izquierda
y de determinados grupos anarquistas. Los bolcheviques del
Comité militar revolucionario se sometían a
la decisión de su partido, pero no todos ellos sin
resistencia. Sin embargo, no se podía exigir ninguna
disciplina a los sin partido y a los socialistas revolucionarios
de izquierda. Obtener de ellos una decisión a priori
a favor de la insurrección para un día fijo
hubiera sido inconcebible, y el simple hecho de plantear ante
ellos el problema hubiera sido extremadamente imprudente.
Por medio del Comité militar revolucionario, únicamente
se podía arrastrar a las masas hacia la insurrección,
agravando día tras día la situación y
haciendo que el conflicto terminase siendo inevitable.
¿No hubiera sido más sencillo, en ese caso,
llamar a la insurrección en nombre del partido, directamente?
Son indudables las serias ventajas de semejante procedimiento.
Pero quizás los inconvenientes no son menos evidentes.
Entre los millones de hombres sobre los cuales el partido
tenía previsto apoyarse, era preciso distinguir sin
embargo tres sectores: uno que apoyaba ya a los bolcheviques
en todas las circunstancias; otro, el más numeroso,
que apoyaba a los bolcheviques allí donde éstos
actuaban por medio de los soviets; el tercero, que seguía
a los soviets, aunque en éstos los bolcheviques fuesen
mayoritarios.
Esos tres sectores se distinguían no sólo por
su nivel político, sino, en gran parte también,
por su composición social. Detrás de los bolcheviques,
en tanto que partido, marchaban en primera fila los obreros
industriales, proletarios por herencia de Petrogrado. Detrás
de los bolcheviques, en la medida que tuviesen el respaldo
legal de los soviets, marchaba la mayoría de los soldados.
Detrás de los soviets, independientemente o a pesar
del hecho que los bolcheviques hubieran alcanzado una fuerte
influencia, marchaban las formaciones más conservadoras
de la clase obrera, los ex mencheviques y socialistas revolucionarios,
temerosos de separarse del resto de la masa; los elementos
más conservadores del ejército, incluidos los
cosacos; los campesinos que habían roto con la dirección
del partido socialista revolucionario para ligarse a su ala
izquierda.
Sería un error evidente identificar la fuerza del partido
bolchevique a la de los soviets que él dirigía:
esta última fuerza era mucho mayor que la primera;
sin embargo, si faltaba la primera, se volvía impotente.
Esto no tiene nada de misterioso. La relación entre
el partido y el Soviet procedía de una inevitable incompatibilidad,
en una época revolucionaria, entre la formidable influencia
política del bolchevismo y la endeblez de su fuerza
organizativa. Una palanca exactamente aplicada da a una mano
la posibilidad de levantar un peso que supera con mucho la
fuerza viva que despliega. Pero, si la mano falta, la palanca
no es más que una pértiga inanimada.
En la Conferencia regional de Moscú de los bolcheviques,
a finales de septiembre, uno de los delegados declaraba: "En
Egorievsk, la influencia de los bolcheviques no se pone en
cuestión. Pero la organización del partido,
por sí misma, es débil. Está muy abandonada;
no hay afiliaciones regulares ni cotizaciones de miembros".
La desproporción entre la influencia y la organización,
no siempre tan manifiesta, constituía un fenómeno
general. Las grandes masas conocían las consignas bolcheviques
y la organización soviética. Esas consignas
y la organización se fusionaron para ellas definitivamente
a finales de septiembre y comienzos de octubre. El pueblo
aguardaba la opinión de los soviets sobre cuándo
y cómo aplicar el programa de los bolcheviques.
El mismo partido educaba metódicamente a las masas
en ese espíritu. Cuando en Kiev se extendió
el rumor de los preparativos de la insurrección, el
Comité ejecutivo bolchevique opuso inmediatamente un
mentís rotundo: "Ninguna manifestación
ha de hacerse si no es convocada por los soviets... ¡No
marchar sin el Soviet!" Desmintiendo, el 18 de octubre,
los rumores que corrían sobre una insurrección
fijada, según decían, para el 22, Trotsky decía:
"El Soviet es una institución electiva y... no
puede adoptar resoluciones que no fueran conocidas por los
obreros y soldados..." Fórmulas de este tipo,
repetidas cotidianamente y confirmadas por la práctica,
eran acogidas favorablemente.
En la Conferencia militar de los bolcheviques de Moscú,
celebrada en octubre, el alférez Berzin resumía
así los informes de los delegados: "Es difícil
decir si las tropas marcharán al llamamiento del Comité
bolchevique de Moscú. Pero si las convoca el Soviet,
todos marcharán probablemente." Ahora bien, la
guarnición de Moscú, desde septiembre, había
votado en un noventa por ciento a favor de los bolcheviques.
En la Conferencia del 16 de octubre, en Petrogrado, Boki,
en nombre del Comité del partido, informaba que en
el distrito de Moscú "marcharán si les
convoca el Soviet, pero no el partido"; en el barrio
de Nevski, "todos marcharán detrás del
Soviet". Volodarski resumía inmediatamente el
estado de ánimo de Petrogrado de la manera siguiente:
"La impresión general es la de que nadie se impacienta
por salir a la calle, pero, que, si les convoca el Soviet,
todos estarán presentes." Olga Ravich corrige
esta afirmación: "Algunos afirman que también
marcharán si les convoca el partido." En la Conferencia
de la guarnición de Petrogrado, el 18, los delegados
informaron que sus regimientos esperaban para avanzar un llamamiento
del Soviet; nadie hablaba del partido, aunque los bolcheviques
estaban a la cabeza de numerosos contingentes: sólo
se podía mantener la unidad en los cuarteles estableciendo
una ligazón entre los simpatizantes, los vacilantes
y los elementos semihostiles, a través de la disciplina
del Soviet. El regimiento de Granaderos llegó a declarar
que sólo marcharía si se lo ordenaba el Congreso
de los soviets. El mismo hecho de que los agitadores y organizadores,
al enjuiciar el estado de ánimo de las masas, diferenciaran
siempre entre el Soviet y el partido, demuestra qué
gran importancia tenía esta cuestión desde el
punto de vista del llamamiento a la insurrección.
El chófer Mitrevich cuenta que en un equipo de camiones,
donde se conseguía obtener una resolución a
favor de la insurrección, los bolcheviques hicieron
adoptar una propuesta de compromiso: "No marcharemos
ni a favor de los bolcheviques ni de los mencheviques, pero...
sin ninguna dilación ejecutaremos todas las órdenes
del II Congreso de los soviets." Los bolcheviques del
equipo de camiones aplicaban en pequeño la misma táctica
envolvente a la cual recurría el Comité militar
revolucionario. Mitrevich no quiere demostrar nada, relata
únicamente, y su testimonio es, por ello, aún
más convincente.
Las tentativas para conducir la insurrección directamente
por medio del partido no daban resultado en ningún
sitio. Se ha conservado un testimonio de enorme interés,
en relación a la preparación del levantamiento
en Kinechma, punto importante de la industria textil. Cuando
se planteó al orden del día la insurrección
en la región moscovita, el Comité del partido
en Kinechma eligió un triunvirato especial que fue
denominado, no se sabe bien por qué, Directorio, a
fin de estudiar las fuerzas militares, los medios con que
se contaba para los preparativos de la insurrección
armada. "Hay que señalar, sin embargo -escribe
uno de los miembros del Directorio-, que los tres elegidos
no hicieron gran cosa, según parece. Los acontecimientos
se desarrollaron de manera un poco diferente... La huelga
regional nos absorbió totalmente, y, al llegar el momento
decisivo, el centro organizador fue trasladado al Comité
de huelga y al Soviet..." En las modestas dimensiones
de un movimiento provincial, se repetía lo mismo que
en Petrogrado.
El partido ponía en movimiento al Soviet. El Soviet
ponía en movimiento a los obreros, soldados y, parcialmente,
a los campesinos. Lo que se ganaba en masa, se perdía
en rapidez. Si representamos ese aparato de transmisión
como un sistema de ruedas dentadas -comparación ya
utilizada por Lenin, aunque en otra ocasión y en un
período distinto-, puede decirse que una tentativa
impaciente para ajustar la rueda del partido directamente
a la rueda gigante de las masas presentaba el riesgo de romper
los dientes de la rueda del partido sin conseguir, por lo
tanto, una movilización suficiente de las masas.
Sin embargo, no menos real era el peligro contrario, el de
dejar escapar una situación favorable como resultado
de fricciones en el interior mismo del sistema soviético.
Teóricamente hablando, el momento más favorable
para la insurrección se localiza en un punto determinado
en el tiempo. No se trata, por supuesto, de sorprender en
la práctica ese punto ideal. La insurrección
puede representarse, en cuanto a sus posibilidades de éxito,
como una curva ascendente, que culminara en su punto ideal;
pero también como una curva descendente si la relación
de fuerzas no ha podido modificarse todavía radicalmente.
En lugar de "un momento", resulta un espacio de
tiempo que se puede medir en semanas y a veces en meses. Los
bolcheviques podían tomar el poder en Petrogrado desde
comienzos de julio. Pero, en ese caso, no lo habrían
conservado. A partir de mediados de septiembre, ya podían
esperar no sólo conquistar el poder, sino también
conservarlo. Si, a finales de octubre, los bolcheviques hubieran
atrasado la insurrección, es posible, pero no seguro,
que aún les hubiera quedado cierto tiempo para recuperar
el terreno perdido. Se puede admitir con ciertas reservas
que, durante tres o cuatro meses, por ejemplo de septiembre
a diciembre, las premisas políticas para una insurrección
seguían existiendo: estaban ya maduras y aún
no se habían descompuesto. Dentro de estos límites,
más fáciles de precisar después que en
el momento mismo de la acción, el partido gozaba de
cierta libertad de elección engendrando inevitables
y, a veces graves, diferencias de índole práctica.
Ya en las jornadas de la Conferencia democrática, Lenin
proponía desencadenar la insurrección. A finales
de septiembre, consideraba todo aplazamiento no sólo
arriesgado, sino peligroso. "Aguardar al Congreso de
los soviets -escribía a comienzos de octubre- es un
juego pueril, vergonzoso, es traicionar a la revolución
con formalismos." Es sin embargo dudoso que, entre los
dirigentes bolcheviques, alguien se guiara en ese problema
por consideraciones puramente formales. Cuando Zinóviev,
por ejemplo, exigía una conferencia preparatoria con
la fracción bolchevique del Congreso de los soviets,
no buscaba una sanción formal, sino simplemente contaba
con el apoyo político de los delegados de provincias
contra el Comité central. Pero es un hecho que la subordinación
del partido al Soviet y de éste al Congreso de los
soviets aportaba al problema de la fecha de la insurrección
un factor de imprecisión que alarmaba enormemente,
y no sin razón, a Lenin.
La cuestión de saber cuándo se lanzará
el llamamiento está estrechamente ligada a la de saber
quién lo lanzará. Lenin no ignoraba las ventajas
de un llamamiento en nombre del Soviet; pero veía,
ante todo, las dificultades que surgirían en ese camino.
Sobre todo a distancia, no podía dejar de temer que
las interferencias entre los dirigentes del Soviet fueran
aún más fuertes que en el Comité central,
cuya política consideraba ya demasiado indecisa. Sobre
el problema de saber quién empezaría, si el
Soviet o el partido, Lenin tenía soluciones alternativas,
pero, en las primeras semanas, se inclinaba resueltamente
en favor de una iniciativa independiente del partido. No había
en esto ni una sombra de oposición de principios: se
trataba de abordar la cuestión de la insurrección
sobre una sola y misma base, en circunstancias idénticas,
con los mismos fines. Pero la manera de hacerlo era, de todos
modos, diferente.
La propuesta hecha por Lenin de rodear el teatro Alexandra
y detener a los miembros de la Conferencia democrática
suponía que el partido, y no el Soviet, debía
estar a la cabeza de la insurrección, llamando directamente
a las fábricas y a los cuarteles. Y no podía
suceder de otro modo: era inconcebible que el Soviet aceptase
un plan semejante. Lenin se daba cuenta perfectamente de que,
incluso en las altas esferas del partido, su concepción
encontraría resistencias; recomendaba de antemano a
la fracción bolchevique de la Conferencia el "no
preocuparse por el número": si se actúa
decididamente desde arriba, el número será garantizado
por la base. El audaz plan de Lenin presentaba las ventajas
indiscutibles de la rapidez y del imprevisto. Pero ponía
demasiado al descubierto al partido, con el peligro, dentro
de ciertos límites, de oponerlo a las masas. Incluso
el Soviet de Petrogrado, pillado de improviso, hubiera podido,
ante el primer fracaso, dejar desvanecerse la mayoría
bolchevique, que no era todavía demasiado estable.
La resolución del 10 de octubre propone a las organizaciones
locales del partido que resuelvan prácticamente todas
las cuestiones desde el punto de vista de la insurrección:
en cuanto a los soviets, en tanto que órganos de la
insurrección, no se les menciona en la resolución
del Comité central. En la Conferencia del 16, Lenin
decía: "Los hechos demuestran que tenemos la superioridad
sobre el enemigo. ¿Por qué el Comité
central no puede empezar?" De la boca de Lenin, la pregunta
no tenía en absoluto un carácter retórico;
significaba: ¿por qué perder el tiempo subordinándose
a la mediación complicada del Soviet si el Comité
central puede dar la señal inmediatamente? Sin embargo,
la resolución propuesta por Lenin se terminaba esta
vez con la expresión "de su confianza en que el
Comité central y el Soviet indicarían oportunamente
el momento propicio y los medios más convenientes de
acción". La referencia hecha al Soviet, junto
al partido, y la fórmula más abierta respecto
a la fecha de la insurrección provenían de la
resistencia de las masas que Lenin pulsaba por medio de los
dirigentes del partido.
Al día siguiente, en una polémica con Zinóviev
y Kámenev, Lenin resumía los debates de la víspera:
"Todos están de acuerdo en que, al llamamiento
de los soviets y para su defensa, los obreros marcharán
como un solo hombre". Lo cual significaba: aunque todos
no están de acuerdo con él, Lenin, en que puede
lanzarse el llamamiento en nombre del partido, sí hay
unanimidad en que puede ser lanzado en nombre de los soviets.
"¿Quién debe tomar el poder?, escribe Lenin
en el atardecer del día 24. Esto no tiene importancia
por el momento: lo haga el Comité militar revolucionario
u "otra institución", que declare que entregará
el poder solamente a los verdaderos representantes del pueblo..."
"Otra institución", entre enigmáticas
comillas, alude en el lenguaje conspirativo al Comité
central de los bolcheviques. Lenin renueva aquí su
propuesta de septiembre: actuar directamente en nombre del
Comité central si la legalidad soviética impidiera
al Comité militar revolucionario colocar al Congreso
ante el hecho consumado de la insurrección.
Aunque toda esta lucha sobre los plazos y los métodos
de la insurrección se prolongó varias semanas,
los que participaron no se dieron todos cuenta de su significado
e importancia. "Lenin proponía la toma del poder
por los soviets, el de Leningrado o el de Moscú, y
no a espaldas de los soviets, escribía Stalin en 1924.
¿Por qué Trotsky ha necesitado de esta leyenda
tan extraña sobre Lenin?" Y además: "El
partido conocía a Lenin como el más grande marxista
de nuestro tiempo... ajeno a toda sombra de blanquismo."
Mientras que Trotsky representaba "no al gigante Lenin,
sino a una especie de enano blanquista..." ¡No
solamente blanquista, sino enano! En realidad, la cuestión
de saber en nombre de quién se hará la insurrección
y en manos de qué institución será entregado
el poder, no ha sido decidida de antemano por ninguna doctrina.
Una vez dadas las condiciones generales de una insurrección,
el levantamiento se presenta como un problema de carácter
práctico que puede resolverse por diferentes medios.
Sobre este aspecto, las diferencias en el interior del Comité
central eran análogas a las controversias entre oficiales
del Estado Mayor general, educados en una sola y única
doctrina militar y que juzgan del mismo modo una situación
estratégica en su conjunto, pero que proponen, para
resolver el problema más inmediato, diversas variantes
sin duda excepcionalmente importantes, pero parciales sin
embargo. Mezclar en esto la cuestión del marxismo y
del blanquismo es demostrar que no se comprende ni lo uno
ni lo otro.
El profesor Pokrovski niega incluso el significado mismo del
dilema: ¿el Soviet o el partido? Los soldados no son
de ninguna manera formalistas, declara con ironía:
no tenían necesidad de esperar al Congreso de los soviets
para derribar a Kerenski. Por espiritual que sea esta forma
de plantear el problema, deja un punto sin elucidar: ¿por
qué crear los soviets, en suma, si el partido es suficiente?
"Es curioso -continúa el profesor- que, de este
esfuerzo por hacer todo más o menos legalmente, nada
resultó legal desde el punto de vista soviético,
y el poder en el último momento fue tomado no por el
Soviet, sino por una organización manifiestamente "ilegal",
constituida ad hoc." Pokrovski alega que Trotsky fue
forzado, "en nombre del Comité militar revolucionario",
y no en nombre del Soviet, a declarar inexistente el gobierno
de Kerenski. ¡Argumento totalmente inesperado! El Comité
militar revolucionario era un órgano electivo del Soviet.
El papel dirigente del Comité en la insurrección
no infringía de ningún modo la legalidad soviética,
de la que el profesor se burla, y que a su vez era observada
por las masas con mucho celo. El Consejo de Comisarios del
pueblo fue constituido ad hoc también, lo cual no le
impidió ser y seguir sien o e órgano del poder
soviético, incluido Pokrovski mismo, en su calidad
de adjunto del comisario de Instrucción pública.
La insurrección pudo mantenerse en el terreno de la
legalidad soviética e incluso, en gran medida, dentro
de los marcos tradicionales de la dualidad de poderes, gracias
sobre todo a que la guarnición de Petrogrado estaba
casi enteramente subordinada al Soviet ya antes del levantamiento.
En numerosas Memorias, artículos de aniversario, en
los primeros ensayos históricos, este hecho, confirmado
por innumerables documentos, era considerado como algo indiscutible.
"El conflicto en Petrogrado se desarrolló en torno
al problema de la suerte de la guarnición", dice
uno de los primeros folletos sobre Octubre, escrito por el
autor del presente libro, en los descansos entre las sesiones
de las negociaciones de Brest-Litovsk, cuando aún estaban
frescos los recuerdos de esos acontecimientos, folleto que,
en el partido, durante varios arios, fue presentado como un
manual de Historia. "El problema básico, en torno
al cual se formó y se organizó todo el movimiento
en octubre -declara aún más claramente Sadovski,
uno de los organizadores inmediatos de la insurrección-,
fue el de la tentativa de hacer marchar a los regimientos
de la guarnición de Petrogrado hacia el frente del
norte..." Ninguno de los dirigentes inmediatos de la
insurrección, que participaban en el coloquio organizado
para reconstituir la marcha de los acontecimientos, presentó
a Sadovski ninguna objeción o corrección. Sólo
a partir de 1924 se descubrió de repente que Trotsky
sobreestimaba a la guarnición campesina en detrimento
de los obreros de Petrogrado: descubrimiento científico
ideal para complementarlo con la acusación de haber
subestimado a la clase campesina.
Decenas de jóvenes historiadores, con el profesor Pokrovski
a la cabeza, nos han explicado, estos últimos años,
la importancia del proletariado para una revolución
proletaria, indignados viendo que no hablábamos de
los obreros allí donde decíamos soldados, y
convenciéndonos de haber analizado la marcha real de
los acontecimientos en lugar de haber repetido lecciones escolares.
Pokrovski resume esta crítica en los siguientes términos:
"Aunque Trotsky sabe muy bien que fue el partido quien
decidió pasar a la lucha armada... y aunque, evidentemente,
todo pretexto que se esgrimiese sólo podía tener
una importancia secundaria, sin embargo, asigna a la guarnición
de Petrogrado el papel central en la escena... como si no
hubiera sido posible la insurrección faltando ésta."
Para nuestro historiador, lo único que importa es "la
decisión del partido" de cara a la insurrección;
pero la cuestión de saber cómo se produjo el
levantamiento en realidad es "secundaria": siempre
se encontrará un pretexto. Pokrovski llama "pretexto"
al medio de conquistar a las tropas, es decir, de resolver
precisamente el problema del cual depende la suerte de cualquier
insurrección. No hay duda que la revolución
proletaria se habría producido aun no habiendo surgido
el conflicto sobre la evacuación de la guarnición;
en esto, el profesor tiene razón. Pero hubiera sido
otra insurrección y hubiera exigido una exposición
histórica diferente. Pero nosotros sólo tenemos
a la vista los acontecimientos tal como se produjeron.
Uno de los organizadores, más tarde historiador de
la Guardia Roja, Malajovski, insiste por su parte en afirmar
que fueron precisamente los obreros armados, diferenciándose
de la guarnición semiapática, los que mostraron
iniciativa, resolución y firmeza durante el levantamiento.
"Los destacamentos de la Guardia Roja -escribe- ocupan,
durante la insurrección de Octubre, las instituciones
gubernamentales, el correo y el telégrafo, son ellos
también quienes se encuentran en primera fila en el
momento del combate..., etc." Todo eso es indiscutible.
Pero no es difícil, sin embargo, comprender que si
los guardias rojos pudieron tan fácilmente "ocupar"
las instituciones, fue en realidad debido a que la guarnición
estaba de acuerdo con ellos, les apoyaba, o bien, al menos,
no se les opuso. Fue esto lo que decidió la suerte
de la insurrección.
El simple hecho de preguntar quién, si los soldados
o los obreros, era más importante para la insurrección,
muestra un nivel teórico tan lamentable que casi no
permite la discusión. La revolución de Octubre
era la lucha del proletariado contra la burguesía por
el poder. Pero fue el mujik quien, a fin de cuentas, decidió
el desenlace de la lucha. Ese esquema general, aplicable a
todo el país, encontró en Petrogrado su expresión
más acabada. Lo que dio a la insurrección en
la capital el carácter de un golpe rápidamente
hecho con un mínimo de víctimas fue la combinación
del complot revolucionario, de la insurrección proletaria
y de la lucha de la guarnición campesina por su propia
salvaguarda. El partido dirigía la insurrección;
la principal fuerza motriz era el proletariado; los destacamentos
obreros armados constituían la fuerza de choque; pero
el desenlace de la lucha dependía de la guarnición
campesina, difícil de mover.
Es en este sentido precisamente en el que el paralelo entre
las insurrecciones de Febrero y de Octubre resulta particularmente
irreemplazable. En vísperas del derrocamiento de la
monarquía, la guarnición representaba una incógnita
para ambas partes. Los soldados mismos no sabían aún
cómo iban a reaccionar ante el levantamiento de los
obreros. Solamente la huelga general pudo establecer las condiciones
necesarias para que se produjera el contacto masivo entre
obreros y soldados, permitiendo que fuesen puestos a prueba
estos últimos y que pasasen a las filas de los obreros.
Ese fue el contenido dramatice de las cinco jornadas de Febrero.
En vísperas del derrocamiento del gobierno provisional,
la aplastante mayoría de la guarnición se mantenía
abiertamente al lado de los obreros. En ninguna parte del
país el gobierno se sentía tan aislado como
en su residencia: no fue por error que intentó huir
de ella. Pero fue en vano: la capital hostil no le dejaba
partir. Intentando sin éxito echar fuera a los regimientos
revolucionarios, el gobierno se vio definitivamente derrotado.
Explicar la política pasiva de Kerenski ante la insurrección
por sus cualidades personales tan sólo, es ver las
cosas artificialmente. Kerenski no estaba solo. Había
en el gobierno hombres como Palchinski, llenos de energía.
Los líderes del Comité ejecutivo sabían
muy bien que la victoria de los bolcheviques significaría
su muerte política. Todos, separadamente o juntos,
se encontraron paralizados, se sumieron, como Kerenski, en
la penosa torpeza de quien, a pesar de la inminencia del peligro,
se siente incapaz de alzar la mano para defenderse.
La fraternización de obreros y soldados no procedía
en Octubre de un conflicto abierto en las calles tal como
había sucedido en Febrero, sino que precedió
a la insurrección. Si los bolcheviques no llamaban
esta vez a la huelga general, no es porque no pudieran, sino
porque no la consideraban necesaria. El Comité militar
revolucionario, ya antes de la insurrección, se sentía
dueño de la situación: conocía cada contingente
de la guarnición, su estado de ánimo, los agrupamientos
que se producían en su interior; recibía diariamente
informes no falsificados, explicando lo que sucedía;
en cualquier momento podía enviar un comisario plenipotenciario
o un motociclista transmitiendo una orden a un regimiento;
podía llamar por teléfono al Comité de
un efectivo o enviar una orden de servicio a una compañía.
El Comité militar revolucionario jugaba, en relación
a las tropas, el papel de un Estado Mayor gubernamental y
no el de un Estado Mayor de conspiradores.
Es cierto que los puestos de mando del Estado seguían
en manos del gobierno. Pero ya habían perdido sus bases
de apoyo. Los ministerios y los Estados Mayores se erigían
en el vacío. El teléfono y el telégrafo
seguían sirviendo al gobierno, lo mismo que el Banco
del Estado. Pero el gobierno no tenía ya las fuerzas
militares indispensables para retener en sus manos esas instituciones.
El palacio de Invierno y el Instituto Smolni parecían
haber cambiado de sitio. El Comité militar revolucionario
colocaba al gobierno fantasma ante una situación tal
que este último no podía intentar nada sin haber
destruido previamente la guarnición. Pero todo intento
de ataque por parte de Kerenski contra las tropas no hacía
más que acelerar el desenlace.
Sin embargo, el problema del levantamiento seguía aún
sin solucionar. El Comité militar revolucionario tenía
en sus manos el resorte y todo el mecanismo del reloj. Pero
le faltaban la esfera y las agujas. Y sin estos detalles,
un reloj no tiene ninguna utilidad. Privado del teléfono,
del telégrafo, de un Banco, de un Estado Mayor, el
Comité militar revolucionario no podía gobernar.
Disponía de casi todas las premisas reales y de los
elementos del poder, pero no del poder mismo.
En Febrero, los obreros no pensaban en apoderarse del Banco
y del palacio de Invierno, sino en eliminar la resistencia
del ejército. No luchaban para conquistar determinados
puestos de mando, sino para ganarse el alma del soldado. Una
vez conseguido esto, los demás problemas se resolvieron
por sí mismos: habiendo perdido sus batallones de la
Guardia, la monarquía ni siquiera intentó ya
defender sus palacios ni sus Estados Mayores.
En Octubre, el gobierno de Kerenski, después de haber
dejado escapar para siempre el alma del soldado, se aferró
aún a los puestos de mando. Entre sus manos, los Estados
Mayores, los Bancos, los teléfonos sólo constituían
la fachada del poder. Pasando a manos de los soviets, esos
establecimientos debían asegurar la posesión
integra del poder. Esa era la situación en vísperas
de la insurrección: determinaba las modalidades de
acción en las últimas veinticuatro horas.
Casi no hubo manifestaciones, combates callejeros, barricadas,
todo lo que se entiende normalmente por "insurrección";
la revolución no necesitaba resolver un problema ya
resuelto. La toma del aparato gubernamental podía efectuarse
a través de un plan, con ayuda de destacamentos armados
poco numerosos, a partir de un centro único. Los cuarteles,
la fortaleza, los depósitos, todos los establecimientos
donde actuaban los obreros y soldados podían ser tomados
desde el interior mismo. Pero ni el palacio de Invierno, ni
el Preparlamento, ni el Estado Mayor de la región,
ni los ministerios, ni las escuelas de junkers podían
ser tomados desde el interior. Igualmente en lo que se refiere
a los teléfonos, los telégrafos, el correo,
el Banco del Estado: los empleados de esos establecimientos,
aunque pensaban poco en la combinación general de fuerzas,
eran sin embargo los dueños detrás de esos muros,
que además estaban muy protegidos. Había que
penetrar desde fuera hasta las altas esferas de la burocracia.
Aquí la violencia sustituía a la ocupación
a través de medios políticos. Pero como la pérdida
reciente por parte del gobierno de sus bases militares había
hecho casi imposible la resistencia, estos últimos
puestos de mando fueron tomados en general sin choques.
Pero, con todo, esto no se realizó sin algunos combates:
hubo que tomar por asalto el palacio de Invierno. Pero el
hecho mismo de que la resistencia del gobierno se limitara
a la defensa del palacio define claramente el lugar que el
25 de octubre ocupa en el desarrollo de la lucha. El palacio
de Invierno aparece de este modo como el último reducto
de un régimen políticamente deshecho y definitivamente
desarmado durante los últimos quince días.
Los elementos del complot, entendiendo como tales el plan
y una dirección centralizada, ocupaban un lugar insignificante
en la revolución de Febrero. Esto se debía a
la debilidad y a la disgregación de los grupos revolucionarios
bajo la pesada carga del zarismo y de la guerra. La tarea
era aún mayor para las masas. Los insurrectos tenían
su experiencia política, sus tradiciones, sus consignas,
sus líderes anónimos. Pero si los elementos
de dirección diseminados en el levantamiento fueron
suficientes para derrocar a la monarquía, distaron
mucho de ser suficientemente numerosos para asegurar a los
vencedores los frutos de su propia victoria.
En Octubre, la calma en las calles, la ausencia de multitudes,
la falta de combates dieron pretexto a los adversarios para
hablar de la conspiración de una minoría insignificante,
de la aventura de un puñado de bolcheviques. Esta fórmula
se repitió muchas veces durante los días, meses
y años siguientes a la insurrección. Evidentemente,
para restablecer el buen renombre de la insurrección
proletaria, Yaroslavski escribe del 25 de octubre: "Respondiendo
al llamamiento del Comité militar revolucionario, masas
compactas del proletariado de Petrogrado se pusieron bajo
sus banderas e invadieron las calles de Petrogrado".
El historiador oficial olvida explicar con qué fin
el Comité militar revolucionario había llamado
a las masas a la calle y qué habían hecho éstas
precisamente allí.
De una combinación de fuerza y debilidad de la revolución
de Febrero se derivó su idealización oficial,
representándola como obra de toda la nación
y oponiéndola a la insurrección de Octubre,
considerada como un complot. Si los bolcheviques consiguieron
reducir en el último momento la lucha por el poder
a un "complot", no se debió a que fueran
una pequeña minoría, sino, al contrario, al
hecho de que tenían tras ellos, en los barrios obreros
y en los cuarteles, a una aplastante mayoría, fuertemente
agrupada, organizada y disciplinada.
No se puede comprender exactamente la insurrección
de Octubre si sólo se examina su fase final. A final
s de febrero, la partida de ajedrez de la insurrección
se jugó desde el primer movimiento hasta el último,
es decir, hasta el abandono del adversario; a finales de octubre,
la partida principal pertenecía ya al pasado, y el
día de la insurrección se trataba de resolver
un problema bastante limitado: mate en dos jugadas. Es, por
tanto, indispensable, fechar el período de la insurrección
a partir del 9 de octubre, cuando surge el conflicto de la
guarnición, o del 12, cuando se decidió crear
el Comité militar revolucionario. La maniobra envolvente
duró más de quince días. La fase más
decisiva se prolongó cinco o seis días, desde
el momento en que fue creado el Comité militar revolucionario.
Durante todo este período actuaron directamente centenares
de miles de soldados y obreros, formalmente a la defensiva,
pero en realidad a la ofensiva. La etapa final, en el curso
de la cual los insurrectos rechazaron definitivamente las
formas convencionales de la dualidad de poderes, con su legalidad
dudosa y su fraseología defensiva, duró exactamente
veinticuatro horas: del 25, a las 2 de la mañana, hasta
el 26, a las 2 de la mañana. En ese lapso de tiempo,
el Comité militar revolucionario recurrió abiertamente
a las armas para apoderarse de la ciudad y detener al gobierno:
en las operaciones participaron, en total, sólo las
fuerzas necesarias para cumplir una tarea limitada, en todo
caso no más de veinticinco a treinta mil hombres.
Un autor italiano que escribe libros no sólo sobre
Las noches de los eunucos, sino también sobre los más
importantes problemas de Estado, visitó Moscú
soviético en 1929, embarulló lo poco que había
podido oír a izquierda y derecha y, basándose
en todo ello, construyó un libro sobre La técnica
del golpe de Estado. El nombre de este escritor, Malaparte,
permite distinguirlo fácilmente de otro especialista
en golpes de Estado que se llamaba Bonaparte.
Contrariamente a "la estrategia de Lenin", subordinada
a las condiciones sociales y políticas de la Rusia
de 1917, "la táctica de Trotsky, según
Malaparte, no está relacionada con las condiciones
generales del país". A las consideraciones de
Lenin sobre las premisas políticas de la insurrección,
el autor quiere que Trotsky responda: "Vuestra estrategia
exige demasiadas condiciones favorables: la insurrección
de nada necesita. Se basta a sí misma". Apenas
se puede concebir un absurdo que se baste tan a sí
mismo como éste. Malaparte repite varias veces que
en Octubre la victoria se debió no a la estrategia
de Lenin, sino a la táctica de Trotsky. Aún
ahora, esta táctica amenazaría la tranquilidad
de los Estados europeos. "La estrategia de Lenin no constituye
un peligro inmediato para los gobiernos de Europa. El peligro
actual -y permanente- para ellos está en la táctica
de Trotsky." Concretando más todavía: "Poned
a Poincaré en el lugar de Kerenski y el golpe de Estado
bolchevique de octubre de 1917 triunfará de igual modo".
Es inútil que intentemos distinguir para qué
podía servir en general la estrategia de Lenin, que
dependía de las condiciones históricas, si la
táctica de Trotsky resolvía el mismo problema
en todas las circunstancias. Queda Por añadir que tan
notable libro ha sido publicado ya en varias lenguas. Es evidente
que los hombres de Estado aprenden en él cómo
eliminar los golpes de Estado. Les deseamos mucha suerte.
La crítica de las operaciones puramente militares del
25 de octubre no ha sido hecha hasta el presente. La literatura
soviética ofrece material sobre este tema que tiene
un carácter no crítico, sino apologético.
Al lado de los escritos de los epígonos, aun la crítica
de Sujánov, a pesar de todas sus contradicciones, se
distingue con ventaja por una observación atenta de
los hechos.
En su juicio sobre la organización del levantamiento
de Octubre, Sujánov ha emitido, en dos arios, dos opiniones
que parecen diametralmente opuestas. En el tomo dedicado a
la revolución de Febrero, dice: "Describiré
en su lugar, según mis recuerdos personales, la insurrección
de Octubre ejecutada como sobre una partitura." Yaroslavski
reproduce este juicio de Sujánov literalmente. "La
insurrección de Petrogrado -escribe- estaba bien preparada
y fue ejecutada por el partido como ante un cuaderno de música."
Más resueltamente todavía, según parece,
se expresa Claude Anet, observador hostil pero atento, aunque
sin profundidad: "El golpe de Estado del 7 de noviembre
-dice en sustancia- no inspira sino admiración. Ni
una grieta, ni un fallo, el gobierno es derrocado sin haber
tenido tiempo de gritar: ¡ay!". Sin embargo, en
el tomo dedicado a la revolución de Octubre, Sujánov
cuenta cómo Smolni, "a hurtadillas, tanteando,
prudentemente y en desorden", emprendió la liquidación
del gobierno provisional.
Se exagera tanto en el primero como en el segundo. Pero desde
un punto de vista más amplio, se puede admitir que
los dos juicios, por muy opuestos que sean, se apoyan en hechos
concretos. El carácter racional de la insurrección
de Octubre se derivó sobre todo de las relaciones objetivas,
de la madurez de la revolución en su conjunto, del
lugar que ocupa Petrogrado en el país, del lugar que
ocupa el gobierno en Petrogrado, de todo el trabajo previo
del partido y, por último, de la correcta política
de la insurrección. Pero quedaba todavía un
problema de técnica militar. En este punto, hubo un
buen número de errores parciales, y, vistos en su totalidad,
pueden dar la impresión de un trabajo hecho a ciegas.
Sujánov hace referencia varias veces a la impotencia,
desde el punto de vista militar, de Smolni, incluso en las
últimas jornadas que precedieron a la insurrección.
En efecto, el 23 todavía el Estado Mayor de la revolución
se encontraba apenas mejor defendido que el palacio de Invierno.
El Comité militar revolucionario aseguraba su inmunidad
fortaleciendo principalmente sus lazos con la guarnición
y obtenía a través de ésta la posibilidad
de vigilar todos los movimientos estratégicos del adversario.
El Comité adoptó medidas más serias,
desde el punto de vista de la técnica de la guerra,
unas veinticuatro horas más pronto que las del gobierno.
Sujánov afirma con seguridad que si el gobierno hubiera
tomado la iniciativa, durante la jornada del 23 y en la noche
del 23 al 24, habría podido coger a todo el Comité:
"Un buen destacamento de quinientos hombres hubiera ya
bastado para liquidar Smolni y todo lo que había dentro."
Es posible. Pero, en primer lugar, el gobierno necesitaba
para esto resolución, arrojo, es decir, una cualidad
absolutamente ajena a su naturaleza. En segundo lugar, necesitaba
"un buen destacamento de quinientos hombres". ¿Dónde
conseguirlo? ¿Organizarlo con oficiales? Los hemos
visto ya, a finales de agosto, en su papel de conspiradores:
había que ir a buscarlos en los cabarets. Las compañías
[drujini] de combate de los conciliadores se habían
disgregado. En las escuelas de junkers todo problema grave
provocaba nuevos agrupamientos. Las cosas iban aún
peor entre los cosacos. Constituir un destacamento a través
de una selección en los diversos contingentes era traicionarse
a sí mismo diez veces antes de poder terminar la empresa.
Sin embargo, la sola existencia de un destacamento no hubiera
sido decisiva. El primer disparo contra Smolni habría
provocado una reacción violenta en los barrios obreros
y en los cuarteles. A cualquier hora del día o de la
noche, decenas de miles de hombres armados o a medio armar
habrían corrido para ofrecer ayuda al centro amenazado
de la revolución. Tampoco la toma misma del Comité
militar revolucionario habría salvado al gobierno.
Fuera de Smolni se encontraban Lenin y, con él, el
Comité central y el Comité de Petrogrado. En
la fortaleza de Pedro y Pablo había un segundo Estado
Mayor, un tercero en el Aurora y otros más en los barrios.
Las masas no se habrían quedado sin dirección.
Además, los obreros y soldados, pese a las demoras,
querían vencer a toda costa.
No cabe duda, sin embargo, de que debían haberse adoptado
unos días antes medidas complementarias de prudencia
estratégica. La crítica de Sujánov es
correcta en ese sentido. El aparato militar de la revolución
actuó torpemente, con retrasos y omisiones, y la dirección
se dejaba inclinar demasiado a sustituir la política
por la técnica. El ojo de Lenin hacía mucha
falta en, Smolni. Los otros no habían aprendido todavía.
Sujánov tiene razón cuando dice que la toma
del palacio de Invierno, durante la noche del 24 al 25 o durante
la mañana de esa jornada, habría sido incomparablemente
más fácil que por la tarde o por la noche. El
palacio, lo mismo que el edificio vecino al Estado Mayor,
estaba protegido por los grupos de junkers habituales: un
ataque repentino hubiera podido triunfar casi con seguridad.
Por la mañana, Kerenski salió en automóvil
sin encontrar obstáculo: eso basta para probar que
no se ejercía ninguna vigilancia seria sobre el palacio
de Invierno. ¡Eso constituía una verdadera laguna!
La vigilancia del gobierno provisional había sido confiada
-aunque demasiado tarde: ¡el 24!- a Sverdlov, ayudado
por Laschevich y Blagonravov. Es dudoso que Sverdlov, que
ya no sabía dónde poner la cabeza, se haya ocupado
de esta nueva tarea. Es posible incluso que la resolución,
inscrita sin embargo en el acta, haya sido olvidada en la
fiebre de aquellas horas.
En el Comité militar revolucionario, a pesar de todo,
se sobrestimaban los recursos militares del gobierno, en particular
en lo que se refiere a la protección del palacio de
Invierno. Si bien los dirigentes inmediatos del asedio conocían
incluso las fuerzas interiores del palacio, podía temerse
de todas formas que, ante la primera señal de alarma,
llegasen refuerzos: junkers, cosacos, tropas de choque. El
plan de la toma del palacio de invierno había sido
elaborado al estilo de una vasta operación: cuando
unos civiles o civiles a medias se dedican a resolver un problema
puramente militar, se ven siempre inclinados a sutilezas estratégicas.
Además de una pedantería excesiva, no podían
dejar de mostrar en ese caso una incapacidad manifiesta.
La incoherencia mostrada durante la toma del palacio se explica,
en cierto modo, por las cualidades personales de los principales
dirigentes. Podvoiski, Antónov-Ovseenko, Chudnovski,
son hombres de un temple heroico. Pero quizá haya que
decir que no son en absoluto gente de método y disciplina
en sus ideas. Podvoiski, que había mostrado gran entusiasmo
durante las jornadas de Julio, se había vuelto mucho
más circunspecto e incluso más escéptico
ante las perspectivas en un futuro próximo. Pero, en
el fondo, había seguido fiel a sí mismo: puesto
a resolver cualquier tarea práctica, tiende orgánicamente
a salirse de los marcos fijados, a ampliar el plan, a arrastrar
a todo el mundo, a dar el máximo cuando un mínimo
bastaría. Podemos encontrar fácilmente la marca
de su espíritu en el carácter hiperbólico
del plan. Antónov-Ovseenko es, por su carácter,
un optimista impulsivo, mucho más capaz de improvisación
que de cálculo. En calidad de antiguo oficial subalterno,
poseía algunos conocimientos sobre el arte militar.
Durante la gran guerra, como emigrado, había redactado
los comentarios militares en el periódico Nache Slovo
[Nuestra Palabra], que se publicaba en París, y más
de una vez había mostrado su perspicacia en cuestiones
de estrategia. Su diletantismo impresionista no podía
hacer contrapeso a la elevación excesiva de Podvoiski.
El tercero de los jefes militares, Chudnovski, había
vivido varios meses en un frente pasivo, en calidad de agitador:
a esto se limitaba su experiencia de hombre de guerra. Aunque
inclinándose hacia el ala derecha, Chudnovski era sin
embargo el primero en lanzarse a la batalla por donde se peleara
más duramente. La bravura personal y la audacia política,
como es sabido, no se encuentran siempre en equilibrio. Días
después de la insurrección, Chudnovski fue herido
en Petrogrado, en una escaramuza con los cosacos de Kerenski,
y varios meses más tarde encontró la muerte
en Ucrania. Es evidente que el expansivo e impulsivo Chudnovski
no podía ofrecer lo que faltaba a los otros dirigentes.
Ninguno de ellos estaba dispuesto a tener en cuenta los detalles,
por la simple razón de que no estaban iniciados en
los secretos del oficio. Viéndose débiles en
sus servicios de exploradores, enlace y maniobra, los mariscales
rojos sentían la necesidad de abrumar al palacio de
Invierno con fuerzas tan superiores que la cuestión
misma de una dirección práctica no se planteaba
ya: las dimensiones desmesuradas, grandiosas, del plan equivalían
casi a su ausencia. Lo que acabamos de decir no significa
que, en la composición del Comité militar revolucionario,
o bien en torno suyo, se pudiera encontrar jefes militares
más experimentados; en todo caso, no se podían
encontrar otros más dedicados y abnegados.
La lucha por la toma del palacio de Invierno empezó
con la ocupación de todo el distrito en una amplia
periferia. Dada la inexperiencia de los jefes, los enlaces
defectuosos, la ineptitud de los destacamentos de guardias
rojos, la falta de vigor de las fuerzas regulares, esta complicada
operación se desarrollaba con una excesiva lentitud.
En el mismo momento en que los destacamentos rojos cerraban
poco a poco el cerco y acumulaban reservas a sus espaldas,
compañías de junkers, sotnias de cosacos, Caballeros
de San Jorge y un batallón de mujeres se abrían
paso hacia el palacio. El puño de la defensa se formaba
al mismo tiempo que el círculo de los asaltantes. Puede
decirse que el problema mismo procede del medio demasiado
indirecto que se empleó para resolverlo. Sin embargo,
una audaz incursión nocturna o un intrépido
ataque durante la jornada apenas habrían costado más
víctimas que una operación que ya duraba demasiado.
El efecto moral de la artillería del Aurora podía
en todo caso verificarse doce o incluso veinticuatro horas
antes: el crucero se mantenía preparado a la lucha
en el Neva y los marineros de ningún modo se quejaban
de no tener con qué engrasar sus piezas. Pero los dirigentes
de la operación esperaban que el asunto se resolviera
sin combate, enviaban parlamentarios, formulaban ultimátum
y no tenían en cuenta los plazos fijados. No se les
ocurrió inspeccionar en el momento oportuno la artillería
de la fortaleza de Pedro y Pablo, precisamente porque pensaban
poder prescindir de ella.
La falta de preparación de la dirección militar
se manifestó de manera aún más evidente
en Moscú, donde la relación de fuerzas era considerada
tan favorable que Lenin recomendaba insistentemente empezar
por Moscú: "La victoria está garantizada,
no hay nadie para batirse." En realidad, fue precisamente
en Moscú donde la insurrección tuvo un carácter
de combates prolongados que duraron, incluidas las treguas,
unos ocho días. "En el ardor de este trabajo -escribe
Muralov, uno de los principales dirigentes de la insurrección
moscovita- no siempre mostrábamos firmeza y resolución
en todos los puntos. A pesar de que disponíamos de
una superioridad numérica aplastante -diez veces la
cifra del adversario-, dejamos prolongarse los combates durante
toda una semana... como consecuencia de nuestra poca habilidad
para dirigir a las masas combatientes, de la falta de disciplina
de estas últimas y de la ignorancia completa de la
táctica de los combates callejeros, tanto por parte
de los jefes como de los soldados." Muralov tiene la
costumbre de llamar las cosas por su nombre: por eso actualmente
está deportado en Siberia. Pero, evitando descargar
su responsabilidad sobre otros, Muralov atribuye al mando
militar los principales errores de la dirección política
que, en Moscú, se distinguía por su inconsistencia
y se dejaba influir fácilmente por elementos conciliadores.
No hay que olvidar tampoco que los obreros del viejo Moscú,
del textil y de la piel, se hallaban en extremo retraso en
relación al proletariado de Petrogrado. En febrero,
Moscú no había tenido que sublevarse: el derrocamiento
de la monarquía fue enteramente obra de Petrogrado.
En julio, Moscú permaneció de nuevo tranquila.
Todo esto se notó cuando llegó octubre: los
obreros y soldados carecían de experiencia de combate.
La técnica de la insurrección consuma lo que
la política no ha hecho. El gigantesco crecimiento
del bolchevismo distraía indudablemente la atención
sobre el aspecto militar del problema: las advertencias apasionadas
de Lenin tenían suficiente fundamento. La dirección
militar se mostró incomparablemente más débil
que la dirección política. ¿Acaso podía
suceder de otro modo? Durante meses y meses aún, el
nuevo poder revolucionario manifestará una extrema
ineptitud cada vez que se haga indispensable el recurso de
las armas.
Y, sin embargo, las autoridades militares del campo gubernamental
apreciaban de manera enormemente aduladora la dirección
militar de la insurrección. "Los insurrectos mantienen
el orden y la disciplina -declaraba por hilo directo el Ministerio
de la Guerra al Gran Cuartel General poco después de
la caída del palacio-, no ha habido ni saqueos ni pogromos;
al contrario, patrullas de insurrectos han detenido a soldados
que titubeaban... El plan de la insurrección estaba
indudablemente elaborado de antemano y fue aplicado con persistencia
y buen orden ... " No estaba totalmente regulado "según
la partitura", como escribieron Sujánov y Yaroslavski,
pero no había tampoco tanto "desorden" como
afirmó más tarde el primero de estos dos autores.
Además, ante el juicio crítico más severo,
toda empresa se mide por su éxito.
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